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Estamos comenzando a vivir un nuevo paradigma en el que hombres y mujeres se complementen y no se excluyan. Queda mucho campo por recorrer. Todavía es necesario que las mujeres avancen en la historia para situarse a la par que los hombres. Este hecho nos recuerda tiempos olvidados en el que la mujer, con cierta seguridad, prevalecía sobre el varón. Veamos:
En las homilías, en la catequesis o en las clases de religión, siempre hemos oído hablar de los patriarcas ¿quiere esto decir que no han existido las matriarcas? La respuesta no es fácil, ya que la mujer ha sido borrada de la historia de tal manera, que como indica la carta a Timoteo: “con todo se salvará por su maternidad” ¡Pobres solteras y célibes!, amén de las casadas sin hijos.
En la noche de los tiempos, y antes que existieran las tradiciones patriarcales y la escritura, se piensa que pudo existir una cultura matriarcal donde la mujer, por ser la portadora de la vida, era la diosa y guardiana del fuego, es decir dueña del lar (nuestra actual Santa Brígida guarda memoria de este pasado). Cuando el hombre tomó conciencia de que en aquella vida que nacía de la hembra, él también había intervenido, se apoderó de la vida que ella hacía crecer, y cambió a la diosa materna, por el dios paterno. Y donde la diosa materna era creativa, el dios paterno se convirtió en destructivo y guerrero.
La Biblia ha dejado constancia de este pasado y así desde Caín y Lamek (Gn 4, 4-24), la humanidad fue perdiendo el amor maternal dejándole recluido en el hogar, y enalteciendo, en el plano social, religioso y cultural, el respeto paternal, imitando su lucha y conquista por lo ajeno.
La Biblia guarda memoria de este periodo previo al patriarcado cuando recuerda que: “por eso dejará el hombre a su padre y a su madre” (Gn 2, 24). De este “logion” bíblico podemos deducir lo siguiente: Si era el hombre el que abandonaba el hogar, se supone que existía una matrilinealidad, es decir, que en un primer estadio, no era la mujer la que abandonaba el hogar paterno para acudir al del esposo; contrariamente, era el hombre el que abandonaba el hogar materno para acudir al de su esposa, porque la madre de ella era la matriarca y la que prevalecía sobre el varón.
Existen otros detalles bíblicos que dejan constancia de una posible cultura matriarcal. Desta camos aquí el siguiente: Cuando Abraham es visitado por Dios para indicarle que iba a tener un hijo, originalmente debió de ser Sara la que dialogó con Yahvé puesto que estando a la puerta de la tienda leemos que ella ve y escucha a Dios. Se ríe, y de tal comportamiento, el hijo que nacerá será llamado Isaac, cuyo significado es “el que hace reír”. Si uno de los atributos del patriarcado es dar el nombre a los hijos, en este caso es el comportamiento de Sara, el que pone el nombre al hijo. Es más, en este pasaje observamos que Sara discute con Yhavé: “Sara negó: no me he reído, y es que tuve miedo. Pero aquel dijo: No digas eso que sí que te has reído” (Gn 18, 9-15). Este dato era impensable en un patriarcado.
Viene bien recordar esta época tan ancestral ya que corren tiempos en los que la mujer comienza a prevalecer sobre el varón, especialmente en los estudios, en la entrega al trabajo, y en definitiva en estamentos sociales donde apenas hace unas décadas tenía prohibida la entrada. Nos congratulamos por ello, pues allí donde el hombre cerró la puerta a la mujer, se apoderó de una parte del ser humano que le impidió progresar. Y como tantas veces, no hemos comprendido, o no hemos querido comprender el texto de Génesis que dice: “El día en que Dios creó a Adán, le hizo a imagen de Dios. Los creo varón y hembra, los bendijo, y los llamó “Hombre” en el día de su creación” (Gn 5,1s). En el nombre de Adán se encuentra Eva, pues el ser humano es varón y hembra, es decir, “Hombre”
Si la mujer, según nuestra Constitución, tiene la misma dignidad que el varón, aprendamos del pasado y no volvamos a caer en el error de cercenar el progreso femenino por miedo a retornar a un estado matriarcal. Si según la Biblia el “Hombre” es decir, Adán, conlleva a Eva, trabajemos conjuntamente para que ese Adán primigenio que representa al ser humano, no vuelva a ser mutilado en aras de perversas e inconfesables conveniencias, tanto sociales como políticas y religiosas.

En estos días pasados, hemos oído decir al Papa en la homilía del día de Epifanía que “en su largo viaje del alma en busca de Jesús de Nazaret, los Reyes Magos representan a los hombres y mujeres que buscan a Dios en las religiones y filosofías del mundo entero”.
¡Qué gran verdad! Los Reyes o astrónomos de aquel entonces, buscaban en la lectura de los cielos, el acontecer de la tierra. Ellos eran sabios más allá de religión alguna. Eran en el mejor sentido de la palabra, buscadores de la verdad viajando por las profundidades del alma. Y aquel niño que no fue reconocido en su casa (nadie es profeta en su tierra), fue la luz que guió a los Magos desde tierras lejanas.
La religión es uno de los posibles caminos para buscar a Dios. Sin embargo, los Magos de Oriente estaban buscando a Dios, más allá de religión alguna. Ellos, como dice el Papa, en su largo camino del alma fueron al encuentro de lo inefable. Y nos mostraron, sin pretenderlo, que para encontrar a Dios, hay que volverse virginal e inocente como un recién nacido.
Son los extranjeros (Magos) de aquella religiosidad judía, los que ven la verdad que está ocurriendo en la historia. Los Magos son portadores de la fe y a partir de ella buscan la verdad. Ellos no conocen la religión de Israel ni al niño que está naciendo. Ellos simplemente buscan, y aunque en su viaje a veces pierden el camino, prosiguen hasta encontrar explicación a sus humanas inquietudes.
Y ayer como hoy, la verdad sobrepasa la imaginación del buscador. Los Magos, como hijos de su tiempo, tratan de encontrar en las alturas del firmamento la explicación de lo que pasa aquí abajo. Y la explicación está en descubrir la pequeñez de este mundo ¿Dónde?, en su mayor grandeza: la explicación del misterio que nos rodea se encuentra oculta en nuestra propia humanidad. Treinta y tres años más tarde, Jesús revelará en esa humanidad que muchos habían abandonado, al Dios que seguían buscando más allá de las estrellas. Los Magos, al margen de la religión que profesaran, como bien recuerda Francisco, y lejos de la grandeza del cosmos, que era la brújula que les guiaba, viven la experiencia de la divinidad, en la fragilidad de un niño recién nacido.
¡Cuán hermoso es el lenguaje teológico! Cuando San Mateo recompone sus dos primeros capítulos, posiblemente tenía en mente la conjunción planetaria ocurrida 7 años a.C. Y este acontecimiento nada común, ocurrido en la constelación de Piscis, le pudo servir a Mateo para explicar el comienzo de su evangelio (el pez que representa a Piscis, fue símbolo del cristianismo, posiblemente por esta razón y porque las letras que componen en griego la palabra pez (si lo recuerda el lector), son: Jesús-Cristo-Hijo de Dios- Salvador).

La historia siempre es el papel sobre el que se escribe la teología. No es posible alcanzar este lenguaje, sin la base sobre la que imprimir el texto; pero el texto, al ser palabra de Dios, trasciende todo tiempo y lugar. Así hemos de trascender el hecho de los Magos, para alcanzar el mensaje que encriptado (revelado), es válido para cualquier caminante que se encuentre en búsqueda de la verdad.

A veces hemos oído decir que la fe hay que guardarla para la casa y para la eucaristía. Ni una cosa ni otra son posibles. Quien hace tal afirmación desconoce lo que dice. A modo de analogía es como si dijéramos que el amor hay que guardarlo para la intimidad. No es posible dado que quien ama, esté donde esté muestra por cada uno de sus poros el amor que profesa. Por supuesto que hay gente que piensa que el amor es sólo sexo, al igual que hay personas que creen que la fe es igual a la creencia.
Soy de la opinión que la fe es, posiblemente en el ser humano, lo único que realmente imprime carácter. Dejarse guiar por eso que llamamos fe (no nos quedemos en la palabra sino en lo que con ella queremos decir), es trascender el momento en el que vivimos, pues esta impronta que tenemos, simplemente por haber nacido, nos obliga a buscar lo que no existe.
De esta manera el científico haciendo oídos a la fe, llega a creer que es posible crear lo que todavía no existe. De la misma manera el religioso busca, gracias a la fe, la religión en la que pueda expandir toda su creencia.
Los grandes hombres y mujeres de fe reconocida, son aquellos/as que han pretendido en su momento histórico, cambiar lo ya existente. Así tenemos a todos los grandes fundadores de órdenes religiosas que han existido y existirán. Si se hubieran conformado con la tradición, no habrían hecho posible tanto bien como han realizado en sus vidas, gracias a los cambios que llevaron a cabo.
Reflexionando sobre esta verdad, hemos de reconocer que si queremos seguir siendo imágenes del creador, hemos de crear hasta el momento de nuestro paso a la “otra vida” (que ya está en ésta). Poco importa la edad que uno tenga, siempre hay motivos para seguir creando felici dad, amor, perdón, justicia, belleza, etc. Todo aquello que es humano y que por no comprarse o venderse en parte alguna, es realmente lo que imprime carácter.
Y todo aquello que es humano emana, cual manantial, de eso que llamamos fe. La fe es una fuerza, bíblicamente se llama “Ruah”, que procede de Dios y que hizo posible que la materia (barro) se convirtiera en cuerpo espiritual (ser humano). El ser humano desde su creación, se siente imagen del Creador, y allí donde cree posible lo que no existe, lo crea. ¿Por qué? Porque ha nacido con esa fuerza que llamamos fe y que es en definitiva lo que le hace humano, es decir, lo que imprime carácter y hace de cada persona, un ser irrepetible, pues hasta el momento de iniciar su “paso”, no sabemos lo que cada cual tendrá que crear al saberse imagen de Dios.

Comenzaré diciendo que no soy dado a visitar y/o postrarme ante estatuas, por muy “sagradas” que sean, ya que si alguna vez lo hago, me viene a la memoria el libro de la Sabiduría, para advertirme del riesgo de la idolatría: “Un padre, desconsolado por un luto prematuro, hace una imagen del hijo difunto, y al que antes era un hombre muerto ahora lo venera como un dios e instituye misterios e iniciaciones para sus subordinados; más tarde, con el tiempo, esta impía costumbre se arraiga y se observa como ley. También por decreto de los soberanos se daba culto a sus estatuas; como los hombres, viviendo lejos, no podían venerarlos en persona, representaron a la persona remota haciendo una imagen visible del rey venerado, así, mediante esta diligencia, se adulaba al ausente como si estuviera presente. Luego la ambición del artista, promovió este culto, atrayendo aun a los que lo ignoraban; en efecto, queriendo tal vez halagar al potentado, exageró con arte la belleza de la imagen, y la gente, atraída por el encanto de la obra, juzga ahora digno de adoración al que poco antes veneraba como hombre. Este hecho resultó una trampa para el mundo: ya que los hombres, bajo el yugo de la desgracia y del poder, impusieron el nombre incomunicable a la piedra y al leño” (15,15-21).

En el presente caso, el nombre incomunicable impuesto a la piedra y al leño, según lo mencionado por el libro de la Sabiduría, es la simbólica imagen de la segunda persona de la Trinidad, me refiero concretamente a Jesús , llamado de Medinaceli.

Los creyentes que diariamente se acercan a la majestuosa imagen, cuyo nombre se debe a los duques de Medinaceli, depositan ante ella sus miserias y necesidades. Hoy, momento en el que estoy escribiendo esta vivencia, es un día especial, pues amén de ser primer viernes de mes, lo es, asimismo, del año 2015.

Las colas para subir a besar al Cristo son interminables. Confieso que espero sentado en un banco de la basílica, mientras mi esposa, más fervorosa, va recorriendo la distancia que hay desde la plaza de Neptuno hasta el camarín del Cristo, situado sobre el sagrario. Mientras espero su llegada (aproximadamente dos horas), rezo ante el sagrario (por cierto, con escaso público), mientras escucho lágrimas, oraciones y suspiros, de los penitentes que muy lentamente van llegando, debido a que la marcha la marcan aquellos que recorren el templo, arrodillados.

Por fin llega mi esposa, me levanto (sí, sí, admito lo que Vd. querido lector está pensando: mientras ella pasa frío en la calle…), lo cierto es que fue en ese preciso instante cuando comenzó a ocurrirme algo que me conmovió: un sentimiento que no es la primera vez que lo experimento: recuerdo algo parecido ante las imágenes de los santuarios de Fátima y Lourdes.

Comienzo a subir las escaleras hasta el Jesús de Medinaceli (mi esposa al pasar junto al banco en el que espero, agarra mi mano, no tanto para guiarme, cuanto por demostrar a los que van junto a ella, que no me estoy colando). Al acercarnos a los pies de Jesús, observo su imponente talla, realizada por la escuela sevillana y de autor desconocido. Todo el que llega a sus pies, lo toca, lo besa, lo abraza con unción, roza la imagen con prendas, fotografías familiares, estampas…

Pasada la imagen hay una pequeña sala y allí me quedo observando al Cristo y a los penitentes, comprobando que el sentimiento interior se ha apoderado de todo mi ser. Quiero razonar lo que está sucediendo… y conforme lo intuí así lo explico a continuación.

Creo, y así lo confieso, que no fue la imagen la que provocó mi sentir, al igual que en Lourdes o Fátima ¿Qué sucedió? Reflexionando como tantas veces lo hago en la red parroquial, creo que la fe de los penitentes, entre los que me encontraba, se apoderó de mí. ¡Esta ba pisando lugar sagrado! MI esposa y yo comenzamos a rezar por todos y cada uno de nuestros seres queridos, poniendo a los pies de Cristo nuestros miedos y esperanzas. Miré el rostro del Cristo y vi reflejado en él, los rostros de millones de personas que habían clavado sus pupilas en aquellas facciones tan bellamente talladas. Sí, no fue la imagen, como bien expresa el libro de la Sabiduría, fue, como bien dice el Evangelio, la fe de los asistentes. Ellos llevaban sin saberlo el maravilloso milagro de la fe, que al igual que entonces, sigue moviendo montañas. La fe de las personas que allí se congregaban y abarrotaban el templo, convirtieron por un “instante eterno” aquel telúrico lugar en aquellas escaleras santas, que son capaces de unir el cielo y la tierra (así la escala de Jacob de Gn 28,11-19).

La fe, junto al amor, son los dones más preciados para trascender este mundo. Los lugares llamados santos, lo son, por albergar la fe de los que allí acuden. Con razón Jesús ante la disyuntiva de tener que explicar cuál es el lugar más apto para adorar a Dios, responde: “llega la hora (ya estamos en ella), en que los adoradores verdaderos, adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren…” (Jn 4, 23). Y San Pablo les recuerda a los cristianos de Corinto en su primera carta que: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?“ (3,16).

Las imágenes cristianas de cualquier lugar, en virtud de la fe de aquellos que las contemplan, se convierten en portadoras de algo más que un simple leño tallado para ser idolátricamente adorado. Por ello, trascender la imagen, al margen de su popularidad, es la primera condición de todo auténtico adorador.