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Desde la perspectiva que mostrábamos en la reflexión anterior, la homosexualidad, comienza a ser mal vista por los heterosexuales judíos, que sólo ven en ella, una libertad que al heterosexual se le ha cercenado y, lo más importante, una sexualidad que no está abierta a la procreación. Pero no fue la Iglesia primitiva la que arremetió contra el colectivo, ante bien todo lo contrario. Jesús, como recordamos, habla del homosexual con una realista naturalidad: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales, a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda” (Mt 19,12). ¡Qué difícil es entender!
Cierto que en la Biblia hay textos (¡que son los que se recuerdan constantemente!) que van en contra del homosexual: “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos” (Lv 20, 13); pero el mismo contexto, también se va contra el heterosexual: “El que se acueste con mujer durante el tiempo de la reglas… ha puesto al desnudo la fuente de su flujo…ambos serán extirpados de entre su pueblo” (Lv 20,18) ¿Por qué el segundo texto lo leemos y traducimos en su contexto, sin que nos implique en la actualidad y el primero, sin estudiar su contexto, lo sacamos de él y lo hacemos nuestro? El tabú de la sangre ha desaparecido (excepción hecha de los testigos de Jehová), pero no así el tabú del semen.
Veintiún siglos después, hay gente que no entiende o, simplemente, no quiere entender. La naturalidad con la que Jesús habla de la homosexualidad es asombrosa: ¡Hay gente que nace así! ¡Ni una palabra de condenación! Jesús se limita a constatar una realidad. Él mismo, se hizo eunuco por el Reino. El escándalo en aquella época, no era tanto ser homosexual, lo punible era ser varón y no tener descendencia. Reiteramos que el placer del sexo era admitido siempre que tuviera como fin la procreación. Hasta tal punto, que leemos en el Deuteronomio: “El que tenga los testículos mutilados o el pene cortado no será admitido en la asamblea del Señor” (Dt 23,2). El hombre que no podía procrear, no tenía derecho a pertenecer al pueblo elegido ¿Si este proceder también ha sido olvidado, qué oculto temor sigue prevaleciendo con la “otra sexualidad”? Cierto, que en la época de Jesús, los hijos salvaban al padre, por tanto, quien no pudiera tener hijos, no merecía salvarse. La necesidad de tener descendencia había promulgado esta ley para sobrevivir, equiparando al homosexual con el eunuco, y con aquel que tuviera un impedimento para procrear, pero no por su sexualidad, sino por su negación a la paternidad, por su esterilidad; esta equiparación, incluso en el vocablo, se seguía dando en la sociedad romana de la época evangélica. Desde esta perspectiva naturalista, se entiende la maldición del Deuteronomio a quien no podía, y/o no quería procrear, pero, ¡tanto si era heterosexual como homosexual! La petición de Zacarías cuando entra en el Templo, es clamar por un hijo, pues no había mayor vergüenza para un judío, más si era sacerdote, que ser castigado sin tener descendencia: “No tenían hijos porque Isabel era estéril…No temas Zacarías porque tu petición ha sido escuchada; Isabel tu mujer, te dará a luz un hijo” (Lc 1, 7,13).
Antes de llegar a esta época de Jesús, el pueblo con estas y otras leyes, va formándose y creciendo. La refundación de las éticas van adaptando las leyes a los cambios sociales. Por ello, en la época del profeta Isaías, el pueblo cambia la opinión que tenía acerca del varón que no procreaba (¡hace aprox. 26 siglos!), y lo que había sido hasta entonces una maldición por el hecho de no tener descendencia, se convierte en bendición. Esta bendición, que seguidamente trascribimos, ¿por qué ha quedado en el olvido?: “Porque así habla el Señor: A los eunucos que observen mis sábados, que elijan lo que a mí me agrada y se mantengan firmes en mi alianza, yo les daré en mi Casa y dentro de mis muros un monumento y un nombre más valioso que los hijos y las hijas; les daré un nombre perpetuo que no se borrará” (Is 56,4-5). ¡Se les promete seguir viviendo, a pesar de no tener hijos! ¿Cómo es posible que Isaías hablará así de la sodomía si había sido castigada por Yahvé? (Gn 19). A este respecto, conviene aclarar que el pecado de Sodoma, a juzgar por la exégesis actual, nada tiene que ver con la homosexualidad, pues lo que allí se castigó fue la falta de hospitalidad. Al menos, así creemos que lo entendió Jesús y la comunidad judía, cuando el evangelista Mateo, recuerda que “Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella, sacudiendo el polvo de vuestros pies. En verdad os digo: el día del Juicio habrá menos rigor para Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad» (Mt, 10,14s).
El apóstol Felipe, tras la resurrección de Jesús, debió comprender el proceder del profeta Isaías y el de Cristo, cuando con él, la Iglesia de las primeras comunidades, comenzó a bautizar a los no judíos y en primer lugar, precisamente, ¡a un importante homosexual!: “Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros…regresaba leyendo…El Espíritu dijo a Felipe…bajaron ambos al agua…y lo bautizó” (Hch 8,26-39). Este representante de la otra sexualidad al que hace referencia el libro de los Hechos de los Apóstoles, era el máximo responsable de los tesoros de la reina.
En este pasaje del libro de Hechos de los Apóstoles, podemos observar el cruce de dos culturas completamente distintas. Las comunidades cristianas en expansión se fueron adaptando a las costumbres y creencias de otros pueblos. En este caso se observa el cruce de la cultura judía y patriarcal, con la cultura etíope y matriarcal. No deja de ser sintomático el siguiente hecho: en la sociedad matriarcal vemos a un homosexual con uno de los cargos más importantes del reino; no en vano, las mujeres a través de la historia, siempre han sido y son, más comprensivas con el colectivo gay.
Cuando las primeras comunidades cristianas aceptan la orden del Espíritu Santo dada a Felipe, y bautizan al eunuco, están preparadas para bautizar a uno de sus más encarnizados enemigos: Pablo de Tarso (Hch 9,19-22). Curiosamente, Lucas relata primero el bautismo del eunuco y después el de Pablo. Posiblemente, no podemos obviar este hecho, a la hora de comprender la confesión que hace Pablo cuando afirma que: en Cristo no hay hombre ni mujer (Gal 3,28). Esta revelación, hasta el día de hoy, sigue siendo difícil de digerir. Pero las primeras comunidades, la hicieron suya desde el primer momento ¿Por qué? Entre otras razones, porque el texto que va leyendo el homosexual del libro de los Hechos, al que estamos aludiendo, es el de Isaías 53,7-8: “Fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca”. Este pasaje que nos recuerda Lucas, es lo suficientemente sugerente, para indicar que la sociedad judía, a pesar del criterio de Isaías, y del mensaje evangélico, seguían marginando la homosexualidad. El eunuco observa que en la sociedad patriarcal judía, él sería un marginado, como lo era la mujer, el niño, el pobre, el enfermo, el cojo, el ciego, etc.; y, por tanto, se ve identificado con el cordero llevado al matadero. Para los judíos, era así, pero para los cristianos, no debía ser así ¿Cómo expresar esta dura realidad? Con la pregunta que el propio homosexual hace: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (Hch 36-40). La pregunta ha recorrido la historia. El homosexual, por serlo, ha sido rechazado en casi todos los ámbitos de la sociedad, ¡más en el religioso! (aunque existan eminentes personajes de la historia, que han sido y son homosexuales, sin dejar de ser creyentes). Sin embargo, Felipe, como cristiano, no puede negarle, ni siquiera lo más sagrado: el bautismo. Lucas en su texto deja constancia que lo hace por imperativo del Espíritu Santo, es decir, en contra de la opinión pública. Con razón Jesús exclamó al referirse a este colectivo “Quien pueda entender que entienda” (Mt 19,12). Seguían y seguimos sin comprender la radicalidad del Evangelio.
Hemos de reconocer que la postura de la Iglesia, no siendo tan rígida como hace apenas unos años, sigue siendo inflexible a la hora de equiparar las relaciones heterosexuales con las homosexuales. El apóstol Felipe cede porque así se lo ordena el Espíritu Santo ¿Podemos aventurar en un futuro, mayor apertura para este colectivo, o, nuevamente, tendremos que esperar a que lo ordene el Espíritu Santo? ¿Si ha desaparecido la causa que generó animadversión en el pasado, qué impide a un creyente, en la actualidad, acoger al colectivo gay y a defender sus derechos, que como personas, son los nuestros?
El tabú del semen, como el de la sangre, perteneció a un paradigma naturalista, ahora vivimos en un paradigma personalista ¿Por qué ha desaparecido el tabú de la sangre, y sin embargo, seguimos manteniendo el del semen? Es más , desde algunos sectores religiosos, este tabú permanece tanto para homosexuales como para heterosexuales ¿Hasta cuándo?
En la próxima reflexión seguiremos razonando sobre este importante tema social que esperamos deje de ser tabú. (Muy interesante el anuncio de San Valentín que el Corte Inglés acaba de publicar), Finalmente, y como ya hemos mencionado, desearíamos que esta aportación sirviera como puente entre los extremos irreconciliables de los inmovilistas y de los progresistas.

Esta reflexión sobre la homosexualidad la hemos dividido en tres partes. Confieso por adelantado, que tanto los más liberales, como los más conservadores, van a quedar insatisfechos. No se trata de dar la razón a nadie, sino de razonar y meditar sobre uno de los temas tabú de nuestra religiosidad. Quiera Dios que encontremos algún puente de unión entre estas dos diferentes formas de opinión.
Partimos de un consejo evangélico: “No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse” (Mt 10,26) Asimismo, la Iglesia en la “Verbum Domini” exhorta a todos los fieles a acercarse también a las páginas oscuras de la Biblia, a fin de que sean comprendidas (42). Reflexionemos, por tanto, sobre la tan denostada, a través de la historia, homosexualidad.
Una voz tan autorizada en la Iglesia, como la del fallecido cardenal emérito de Milán Carlo María Martini publicó en su libro “Creer y Conocer” que hay que dar “cierta estabilidad a las parejas homosexuales”, ya que, “No es un mal que, en lugar de relaciones homosexuales ocasionales, dos personas tengan una cierta estabilidad y por tanto en este sentido el Estado podría también favorecerlos” Este reconocimiento, a pesar de ciertas voces, no va en contra del matrimonio heter osexual; entrar en este juego es volver a los tiempos en los que se discriminaba al matrimonio para ensalzar el celibato, o se anulaba el matrimonio por falta de descendencia. Al cardenal no le parecía justo “expresar discriminación alguna hacia otros tipos de unión”.
El ejemplo del cardenal Martini, nos anima, como es costumbre, a provocar interrogantes ¿Por qué? Porque parece ser, que entre los cambios de criterio que podemos esperar del Papa Francisco, que intuimos serán muchos y más conforme a los signos de los tiempos, posiblemente, a juzgar por lo aparecido en los medios de comunicación, aquellos que siguen esperando un cambio en la teología moral, tal y como denunciaba, entre otros, el Cardenal Martini, con relación a la familia, al matrimonio, a la sexualidad, al celibato, etc., temen ser defraudados (ya se han oído algunas críticas). Quizás fueron estas opiniones, las que inquietaron a más de un cardenal en el cónclave anterior, cuando por escasos votos, el fallecido cardenal Martini no fue nombrado Papa, siendo elegido, Benedicto XVI. No obstante, y como recordó el Papa Francisco en su primer viacrucis, los cristianos tenemos que tener muy presente que: “Él sólo ama y salva. No olvidéis esto". Desde ese amor que salva, no puedo dejar en el olvido, es decir, marginar, a tantas personas que por manifestar su amor a través de la “otra sexualidad”, son rechazados como si no fueran hijos de Dios. Sea esta reflexión un pequeño tributo al dolor que hemos ocasionado durante siglos y, a veces, y a pesar de los nuevos descubrimientos de la ciencia médica, seguimos ocasionando.
Como es costumbre en estas reflexiones, los temas siempre son estudiados partiendo de los textos de la Biblia, pues si nada humano le es ajeno, bueno es saber qué nos dice al respecto. Vaya por delante que las excentricidades de cualquier bando, nunca son buenas, y nadie en su sano juicio las quiere. Si los heterosexuales, con ánimo de provocar, no deben ir besando a las mujeres por la calle, los homosexuales, por la misma razón, deben guardar idéntico decoro. Comprendo que la represión de tantos siglos necesita una válvula de escape, pero si queremos normalizar la situación del colectivo gay, actuemos con normalidad. A veces, el orgullo gay y sus fiestas, no son, precisamente, al decir de lo que oímos a los propios homosexuales, la mejor expresión para dicha normalización. Y con ello, no estamos sugiriendo que el acto de besarse públicamente sea inmoral: En tiempos de Jesús, incluso Judas en un escenario pre-bélico, lo usa como señal para prenderle. Sin embargo, llama la atención que Juan evangelista, omita el beso ¡Un acto de amor (el beso) no debe ser el inicio de una actitud pública de traición (la cruz)!
Al margen de las provocaciones, algo debe quedar claro, si Jesús atendió a los marginados de su sociedad con tal cariño que provocó la ira de “los bien situados”, hasta el extremo de llevarle a la cruz ¿cuál tendría que ser el comportamiento de los creyentes, ante la incomprensión y marginalidad de parte de cierta jerarquía y de gran número de cristianos, contra “la otra sexualidad”? Una sociedad que, a veces, parece obviar que al menos entre el 5 y el 8% de la humanidad, es gay. Imposible marginar a tantos millones de hombres y mujeres, que si bien no entran en la “norma”, hoy, que no antes, sabemos que son plenamente normales; ya lo anunciaba Jesús: “Hay eunucos que nacieron así del seno materno” (Mt 19,12). Él, ni arremetió contra este colectivo, ni contra el de la prostitución, tan arraigado en el mundo romano; antes bien, obligó a la sociedad religiosa a ejercitar la virtud del perdón, pues nadie está libre de culpa: “Mujer…nadie te ha condenado…Tampoco yo te condeno” (Jn 8,10s) La nueva visión del cristiano será la de “no juzgar para no ser juzgado” (Mt 7,1).
Todo va cambiando, y uno de los cambios para esta aceptación social dentro de los países democráticos, se ha venido realizando en aquellos que han ido asimilando, previamente, los cambios producidos en el pensamiento y conducta heterosexual.
Hasta el siglo pasado, en el Derecho Canónico se indicaba que el fin del matrimonio eran los hijos; esta afirmación provenía, entre otros, de Clemente, uno de los primeros teólogos cristianos que invocando la «regla alejandrina» proclamaba que el acto sexual, para ser moral, debía estar dirigido exclusivamente a la procreación; hoy ya no es así: el fin del matrimonio no son los hijos, sino el amor; los hijos son la consecuencia de este amor. Hace años, publicamos un trabajo en el que explicábamos que la unión de hombre y mujer con el fin exclusivo de procrear, era de origen animal, mientras que el matrimonio con el fin de amarse, era y seguirá siendo, de origen humano. El “Cantar de los Cantares” ya había revelado este misterio: “Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, no despertéis, no desveléis al amor hasta que le plazca” (Ct 8,4). La perspectiva naturalista donde el sexo era para la procreación, ha dado paso a la perspectiva personalista, donde la sexualidad es una tendencia humana que ha de realizar a toda persona. En el contexto naturalista del pasado, lógico era pensar que la homosexualidad era una expresión “contra natura”, pero, ¿ha de ser así en el paradigma personalista en el que nos movemos actualmente? ¿Si hemos aceptado cambios en el mundo heterosexual, qué nos impide aceptarlos en el homosexual?
Este cambio de perspectiva de nuestro siglo, donde lo importante es la persona, aunque parezca increíble, fue el que, hace ¡veintiún siglos!, tomó Jesús. Él proclamó que el amor une para toda la vida, se tengan o no hijos, pues su origen por ser humano, pertenece a Dios. La religiosidad de entonces proclamaba que para seguir viviendo, había que tener hijos, por tanto ¡condenación a todo impedimento!; Jesús dirá que para vivir hay que preocuparse por el prójimo; sus palabras provocaron de tal forma a la sociedad de entonces, que oímos decir a los propios apóstoles: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse” (Mt 19,10). Esta frase esconde una nueva realidad, la mujer ya no es propiedad del hombre, el amor posee a ambos por igual y ningún poder humano tiene potestad para separarlos. Lo que Dios ha unido mediante el amor, nadie está autorizado a desligarlo, engendre o no, hijos. Éstos, son motivo de felicidad, no de vida futura, ahora para seguir viviendo hay que creer en la palabra del Resucitado.
Si el amor une ¿tenemos potestad para decir a quién sí y a quién no, o más bien, únicamente para confirmarlo? ¿Si en Cristo no hay varón ni mujer, quiénes somos para, en aras del amor, abandonar a su destino a quienes se salen de la norma? ¿No es mejor, como dejó dicho el cardenal Martini, apoyar la relación estable, que provocar con nuestro comportamiento los “encuentros, constantes y ocasionales” de los hermanos y hermanas que viven la “otra sexualidad”?
Próximamente seguiremos reflexionando sobre este tema que, como hemos indicado más arriba hemos dividido en tres apartados, dada su complejidad. Ahora vienen a mi mente aquellos versos de Sor Juana Inés de la Cruz que dicen “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…” Razones tenía y sigue teniendo Sor Juana: ante los temas sexuales, la hipocresía de algunos hombres, hace mucho más daño que algunos comportamientos. Como nos recordó el Papa, practiquemos la misericordia. Muy especialmente, añadimos aquí, en los comportamientos que tenemos con relación a la sexualidad. Con razón Jesús, ante el comportamiento sexual de sus contemporáneos, esculpió la nueva ley: su dedo, como el de Dios en las tablas de Moisés, escribía en el suelo donde arrojaron a la prostituta. Los escribas y fariseos no entendían su comportamiento y Jesús les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado que le arroje la primera piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra” (Jn 8,7s). Si ellos no comprendieron… ¿comprendemos nosotros la nueva ley evangélica que Jesús esculpía con su dedo? ¿Intuimos, que en la nueva ética del Sermón del Monte (Mt 5ss), los auténticos pecadores son los que se atreven a juzgar el comportamiento de los demás?

Comienza el año 2016. Todos nos deseamos felici dad. Y es bueno que así sea. Sin embargo, el cristiano no vive de deseos. En gran medida los deseos son utopías que no se cumplen. El Evangelio y en él, Cristo, nos revela la palabra clave que la tradición de la Iglesia ha convertido en virtud teologal: la esperanza. Vivimos unos momentos en el que muchos parecen haberla perdido. El ser humano no puede vivir sin esperanza. La necesitamos como el aire que respiramos. La esperanza no es utópica porque no parte del deseo. Parte de una experiencia de vida. Asimismo, y como ejemplo, podemos afirmar que la madre en gestación “no desea” el hijo que lleva en sus entrañas ¿Por qué? Porque ya lo tiene, lo siente, aunque no lo vea, late en su ser, por ello, aunque todavía no lo tiene en sus brazos, ¡lo espera! Así el cristiano, vive la experiencia del resucitado, no de una forma total, porque él tiene que participar con su propio ser y durante el año que comienza, de esta revelación-gestación, que si bien, no es plena (nada verdaderamente humano está hecho, todo se está haciendo), es real.
Confiamos y esperamos que el año que comienza sea feliz, es decir, bienaventurado. Y con Lucas en el libro de Hechos de los Apóstoles reconocemos que la vida es un don previo que los cristianos hacemos propio cuando con Cristo sabemos que “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35) (este dicho, que no aparece en ningún evangelio, es posiblemente uno de los que más nos acercan a la figura del Jesús de la historia). Por tanto, dichoso año 2016 para aquellos que esperan un nuevo cielo y una nueva tierra… porque trabajan para hacerlo plenitud en la humanidad (cada ser humano tiene su familia, sus amigos, su parroquia, su pueblo donde esa humanidad se hace objetiva cada día) y reconocen en su corazón, con Cristo y por Cristo que el comienzo de esta esperanza parte del don de la vida que previamente Dios nos regaló.

Cristo nació y sigue naciendo cuando la fe nos hace proclamar que somos hijos de Dios. Pero su luz, a veces, sigue permaneciendo oculta. La consecuencia, ayer, como hoy, es terrible, dado que los inocentes siguen sin conocerla. El capítulo 2 del evangelio de Mateo es tan real en nuestra sociedad, como lo fue en la de Jesús. Los magos (que ni son tres ni conocemos sus nombres), que representan al mundo profano ven en las estrellas (la ciencia de entonces), el anuncio de la oficialidad judía. Pero aquella oficialidad desconoce la verdad. Aquellos que deben ser luz para las naciones, como las vírgenes del evangelio, se han quedado sin aceite para sus lamparillas. Así la estrella que ha conducido a los magos durante inter minables jornadas, se oscurece a escasos 10 Kms de distancia de donde se encuentra el Niño Dios. Y ayer, como hoy, son los inocentes los que siguen muriendo sin conocer que la muerte, no existe para la vida que Cristo, desde la cuna, viene a donar al mundo.
La estrella sigue iluminando aquel eterno nacimiento. Ahora, como entonces, nos podemos quedar con los regalos (oro, incienso y mirra), pero su simbología alcanza y trasciende los tiempos cibernéticos de la actualidad. Podemos buscar en Internet la noticia de aquél nacimiento, pero su luz (estrella), no está en la red, continúa brillando en los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad. ¿Ocurrirá como entonces? ¿Seremos ahora los cristianos los que oficialmente apagamos la estrella? ¿Seguirán viniendo los de fuera (ateos, políticos y magas), a enseñarnos la inocencia virginal del Amor? ¿Iremos buscando como las vírgenes falsas del evangelio el aceite para las lamparillas sin vivenciar que la luz para el mundo sigue alumbrando en el corazón de la gente de buena voluntad?
Como entonces meditemos con Mateo si no somos los “oficialmente creyentes” los que a veces hacemos desaparecer la estrella. Ayer como hoy las consecuencias siguen siendo desastrosas.

Y el que tenga oídos para oír…

Comentábamos en nuestra anterior reflexión que las tradiciones hay que trascenderlas, pero en nuestro país están empeñados en abolirlas. Pero además de una forma zafia y rastrera. Me explico.
Han pretendido quitar los belenes, pero se armó tal belén, que han puesto uno que en nada se parece a la belleza de los belenes de otros años.
Han pretendido quitar la cabalgata, pero la tradición está tan arraigada en el pueblo que la han disfrazado de atracción de feria o anuncio circense. Y no es lo malo que los reyes sean ahora reinas (no es la primera vez), lo malo es que ahora lo publican para armar polémica entre el personal.
Los magos, en la tradición cristiana, nos representan a todos nosotros, ya que no siendo judíos, seguimos adorando el misterio de cada nacimiento en virtud de aquella singularidad ocurrida en Galilea. Y para reírse de aquella singularidad de la historia que encarnamos (repito), en cada nacimiento, a nuestros progres, únicamente se les ocurre, vestir de payasos a nuestros representantes, es decir, a los magos.
Ciertamente que Merlín también era mago, pero por respeto a su persona (ya que la nuestra parece ser que no lo merece), no debiera ser sacado de su contexto histórico, para introducirle en otro con el ánimo de provocar el cacao en las mentes inocentes de nuestros hijos y nietos.
Asimismo, trascender los hechos de la historia, no significa ridiculizarlos cambiando camellos por bicicletas, pajes por bufones, y dentro de estas amalgama de confusión que representó, entre otras, la cabalgata de los Reyes Magos de Madrid, retrotraer a los personajes de la “Guerra de las Galaxias” a los tiempos del rey Herodes.
La historia de nuestros mitos merece ser respetada. Y doy aquí al sintagma mito el siguiente valor: forma objetiva de expresar y representar las eternas verdades.
Pero supongo que los organizadores de estos eventos culturales (con perdón), equivocan mito con mentira y puestos a contar mentiras hay que reconocer que son los reyes de la creación: ahora no son los Magos los dan obsequios (caramelos) a los niños, son los niños los que tiran caramelos a los Reyes (¡Viva la República!).
Salvando las distancias, los talibanes destrozan todo vestigio de cultura arrasando como el caballo de Atila por donde pasan; algunos de nuestros gobernantes (perdón, gobernantas), pretender arrasar trastocando la historia de nuestros mayores. Confiemos que el tiempo, o nuevas elecciones, lo arreglen todo.