Blue Flower

Buscando soluciones: La excepción mateana.

Hemos recomendado la lectura de tres textos bíblicos. Hoy con esta reflexión vamos a desarrollar el primero de ellos: Mt 19,9: “Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer, excepto en caso de fornicación, y se case con otra, comete adulterio”.
El evangelista Mateo que previamente había dicho “…lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mt 19,6b), ahora nos da una excepción a la regla: puede repudiarla en caso de fornicación. La palabra fornicación es la traducción que hemos vertido al castellano del término griego “porneia” (de ahí viene nuestro vocablo pornografía).
¿Es posible encontrar otro significado al vocablo “porneia”? ¿Significaba fornicación en tiempos de Jesús? La traducción del término griego “porneia” no es univoco, tiene diversos significados: depravación, degeneración, desamor… Para responde a este interrogante nos parece oportuno leer el libro de la Sabiduría ¿Por qué? Porque al ser el último libro del A.T. y por tanto el más cercano a la época de Jesús, es el que mejor nos puede mostrar el significado que el vocablo “porneia” pudo tener en el siglo I de nuestra era, es decir, años antes del nacimiento de Jesús.
Si leemos Sb 14,12-21 observamos que aparece la palabra “porneia” y la traducción al castellano puede tener el significado de idolatría. Por ejemplo, es “porneia”, según este texto, adorar una fotografía o una estatua como si fuera la persona que representa; o, dicho con otras palabras, dar nuestro amor a quien no lo merece (a veces los cristianos cometemos la misma idolatría con ciertas imágenes, olvidando que la mejor imagen de Cristo está en el prójimo).
¿Por qué introduce Mateo esta excepción? Porque tiene que solventar un problema que está surgiendo en las primeras comunidades cristianas, y muy especialmente, entre los matrimonios de origen judío ¿Cuál era ese problema? Los matrimonios realizados por motivo de consanguinidad (ya el Concilio de Jerusalén entendió por “porneia” las uniones ilegales entre parientes). Aquellos matrimonios que estaban hechos según “permitía” la tradición judía y que obligaba, especialmente a las mujeres, a casarse con familiares. Marcos en un contexto completamente distinto del judío, el romano, indica que también las mujeres pueden repudiar a sus maridos en caso de “porneia” (La dinámica bíblica no puede pararse pues está mantenida por el Espíritu). Sin embargo, Mateo, según la ley judía, deja constancia que el privilegio del repudio sólo lo tenía el varón, toda vez que la mujer, en el mundo semita, dependía de la tutela del padre o del marido.
En el contexto mateano, las mujeres estaban obligadas a amar a quien no merecía ser objeto de su amor (igual que adorar o rendir culto a una fotografía o una esta tua –Sb 14,15-20- ). Habían convertido sus vidas en pura idolatría, pues de hecho, no existía amor en dichos matrimonios, sino conveniencias judaicas relacionadas especialmente con los intereses particulares de los clanes. Podemos observar que exigían a la mujer lo que el hombre no cumplían (esta costumbre sigue prevaleciendo hoy en las leyes musulmanas).
Mateo, tras la experiencia de Cristo, no puede obligar a estos matrimonios a guardarse fidelidad al compromiso dado ¿Por qué? Porque en ellos falta lo que hace posible la unión y que es indisoluble: el amor. Dicho en roman paladino: si no hay amor, y en estas uniones motivadas por la consanguinidad, lógico es que no lo hubiera, repudio, que es como decir hoy: divorcio. Por tanto, los creyentes judíos que se encontraban en estas circunstancias y habían abrazado el cristianismo, podían romper el vínculo, toda vez que, para el evangelista Mateo, el matrimonio no había sido realizado, según exige el Evangelio, por criterios amorosos.
Hemos visto un problema de las primeras comunidades cristianas e inmediatamente una solución. Si hay amor nadie puede separar esa unión. Esta exigencia de Jesús les costó mucho digerirla a sus contemporáneos ya que estaban acostumbrados a casar a sus hijas por la fuerza de la ley y repudiar a la mujer por algo tan simple como el hecho de tomarlas aversión (Dt 22,13).
El hombre manejaba la ley a su conveniencia. Jesús declara que este proceder es indigno del ser humano. Sus seguidores al escucharlo exclaman: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse” (Mt 19,20). Los discípulos de Jesús no comprenden esta exigencia que hace prevalecer al amor sobre las leyes judías, y que además, exige tratar a la mujer como sujeto y no como objeto; no en vano para el pueblo de Israel, lo importante era la ley que marcaba su religión, hasta que llega Jesús y proclama que el hombre es el señor del sábado pues “El sábado ha sido constituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mt 12, 1-8; Mc 2,27), es decir, la religión está al servicio del hombre y no a la inversa.
Hecha la reflexión: ¿Podemos intuir con la naturalidad que Mateo encuentra solución a los matrimonios realizados especialmente por consanguinidad; obligados, por tanto, según la ley de los hombres y no según la voluntad querida por Dios desde el principio de la creación? (Gn2,24). Mateo lo recuerda a sus comunidades (Mt 19,5), en cualquier caso lo que tiene que prevalecer es el amor, pues el amor es Dios. Y si Dios une…
El cristiano ha de regirse por amor. No es extraño que en el evangelio de San Juan, los primeros discípulos que siguen a Jesús, sean presentados por el evangelista en el contexto del rito matrimonial: las bodas de Caná (Jn 2,11). El matrimonio es la máxima expresión natural del devenir humano donde queda objetivado el amor, que para un cristiano, es Dios.
Un problema, una solución. Mateo supo evitar el sufrimiento de aquellas primeras comunidades cristianas que provenían del judaísmo. Asimismo, y en otro contexto, Pablo tuvo también sus problemas al respecto. Ruego repasen la segunda lectura sugerida y que está sacada de la primera carta que el apóstol escribe a los de Corinto, me refiero a 1Cor 7. Meditaremos sobre el texto en la próxima reflexión.

Se ha cumplido el tercer aniversario del Pontificado del Papa Francisco. Muchas y novedosas indicaciones nos ha dado en estos años. No obstante, como creyentes seguimos a la espera de las conclusiones finales sobre el sínodo de la familia. Millones de cristianos esperan su palabra para conocer si es posible dar, desde la ética cristiana, alguna salida acorde con los tiempos actuales.
Seguidamente vamos a comenzar a escribir en esta red unas reflexiones sobre tan importante tema. Comenzamos con la situación del matrimonio y de la angustia de muchas personas divorciadas que quieren rehacer su vida sin renunciar a su fe.

EL MATRIMONIO… A PLAZOS (I)
Planteamiento del problema:
Como católicos hemos de defender la indisolubilidad del matrimonio. Jesús no deja dudas al respecto: “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mt 19,6b). Ello no es óbice para observar el grave problema que padecen muchos católicos, debido a que la indisolubilidad del amor es una cosa y la defectibilidad del ser humano, otra cosa bien distinta. Lo cierto es que la realidad se empeña en mostrarnos día a día el fracaso de muchos creyentes en su convivencia matrimonial.
Las disonancias que, a veces creemos, provocan los textos bíblicos en la sociedad actual, generan unas respuestas que son absolutamente demenciales. El pasado año se habló de implantar en la sociedad, un contrato matrimonial a tiempo fijo: por ejemplo en México pretenden legislar un contrato matrimonial con una duración de dos años.
No creo que exista mayor caricatura del amor. Pero, lamentablemente, los cristianos tenemos que permanecer con los labios cerrados porque, quizás, como en el evangelio, no podamos tirar la primera piedra.
¿Cómo se puede prever el fin del amor cuando se está amando? Quien ama, por el simple hecho de estar enamorado, le es imposible poner límite a su sentimiento. De ser así, estaría cercenando su propia realización y en lugar de ir al juzgado a sellar un pacto, donde debería dirigirse, es al psicólogo. “I fall in love with you” dicen los ingleses cuando están enamorados; que traducido literalmente sería, yo estoy cayendo contigo en amor. Antropológicamente hablando, no es posible dejar de amar como tampoco es posible caerse hasta un momento determinado. Mientras se cae en amor, no hay sujeción posible. El libro del Cantar de los Cantares lo expresa bellamente con esta frase “…no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca” (Ct 8,4b).
Ahora bien, ¿Qué sucede cuando el amor, debido a la defectibilidad humana, desaparece, aún después de intentar una reconciliación en el Centro de Orientación Familiar de la Iglesia, donde se sabe que, como mínimo, hay más de un 20% de parejas irrecuperables? (las rupturas matrimoniales en España han aumentado, según el COF en un 4% en 2010). Cierto que esta problemática de miles de personas casadas por la Iglesia, y que no pueden seguir conviviendo juntas, nos tiene que preocupar a los creyentes ¿Qué hacer? ¿Hay alguna solución para los matrimonios rotos?
Desde la óptica cristiana hemos tratado de solventar, cuando ello es posible, esta disonancia ¿Cómo? Estudiando la posible anulación de los matrimonios. Anulación, sí; disolución, no. Una pareja puede desligarse si, “oficialmente”, es decir, legalmente, se demuestra que nunca estuvo ligada, aunque haya pasado por la Iglesia, haya convivido un determinado número de años y tenga varios hijos ¡Y nos quedamos tan a gusto!
La sociedad, especialmente de los ricos y poderosos, monta bodas, con toda la parafernalia y boato, y pasados los años, a veces los meses, se vuelven a casar por la Iglesia con otra persona, como si la anterior boda no hubiera existido. Lamentable.
Así las cosas, el creyente normal, el de a pié, se queda perplejo ante estas situaciones ¿Qué ha sucedido? ¿Puede volver a casarse un cristiano si vive su anterior esposa? No. Pero si se da la circunstancia que puede demostrarse que no hubo consentimiento pleno o existió ignorancia del rito, la Iglesia puede invalidar, por no existente, la anterior boda…
En el supuesto que nos ocupa, la Iglesia, al constatar que no hubo tal unión, declara nulo el anterior rito ¡La ley impera sobre la justicia! Por tanto, lo que hay que hacer es burlar la ley.
El interrogante que se nos plantea es el siguiente ¿Cómo nos engañan este tipo de contrayentes a todos los que formamos la Iglesia para que declaremos nulo su matrimonio? Aquí entra la picaresca, que como cristiano me sonroja, tanto por el que la hace, como por el que la acepta y entra en el juego.
La solución puede tener distintas variantes; una de las más sencillas consiste en ir antes de la boda a un notario. Allí se hace pública renuncia del cristianismo, aceptando casarse bajo el rito católico por conveniencias sociales. En el momento de la separación se muestra el documento notarial, y aunque para un creyente parezca mentira, prevalece este documento, sobre la realidad vivida, sobre el amor sentido tiempo atrás. Y se acabó el problema. Por tanto, no nos extrañe que ante semejante solución, en México estén estudiando la boda a plazo convenido, igual que la devolución de un crédito bancario. Y recurro al símil del crédit o porque debe ser muy oneroso para los contrayentes casarse en esas circunstancias, tanto como la obligación de tener que devolver el crédito durante un plazo determinado.
He planteado el problema donde la ley impera sobre la justicia ¿Existe solución? ¿Podemos encontrar en la Biblia alguna respuesta válida que solvente la angustia por la que pasan miles de parejas que quieren ser coherentes con su creencia y no entrar en estas sucias componendas?
Dado que este tema requiere tiempo y estudio, propongo al lector el repaso de algunos textos bíblicos que iremos desarrollando en sucesivas reflexiones. Los textos son los siguientes Mt 19,9; 1 Cor 7; Mt 16,18. En estos textos vamos a observar que ante problemas semejantes, la Iglesia de la primeras comunidades cristianas encontraron soluciones ¿Podríamos encontrarlas hoy? Veremos que la Biblia, en su momento, supo dar respuestas a esta problemática. En la próxima reflexión, trataremos de bucear en el primero de los textos propuestos para comprobar que la Biblia nunca ha sido la causa de las disonancias que este tema provoca en la sociedad.

La noticia que ha aparecido en los medios de comunicación en estos días, es la mejor conclusión a las reflexiones sobre la homosexualidad que hemos colgado en la red. Conclusión, en cuanto a lo oportuno de su publicación.
La noticia es la siguiente: El párroco de la localidad Sevillana de Écija ha prohibido a un homosexual que apadrine a su sobrino. Se da la circunstancia que esta persona se declara católica y previamente había realizado un curso de confirmación en una parroquia de Madrid.
En nuestras reflexiones ya habíamos dejado constancia que las primeras comunidades cristianas tampoco aceptaron de buen grado el bautizo de los homosexuales, de ahí que se indique que había que realizarlo por imperativo de Espíritu Santo. “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (Hch 8, 37). La pregunta que hace el eunuco sigue recorriendo la historia hasta nuestros días. Este párroco ha encontrado impedimentos que el propio Espíritu Santo no encontró en alguien que ni era cristiano ni judío.
Estamos en el año de la misericordia. Bueno es que el párroco que nos ocupa medite su proceder partiendo de esta sugerencia papal. En el libro de los Hechos de los Apóstoles alguien de “fuera” nos dice cómo han de comportarse los de “dentro”. Ahora la UGT, desde fuera, denuncia este proceder; suponemos que no por ser un delegado sindical, sino por ser una persona. Desde aquí unimos nuestra denuncia a la suya, simplemente por pretender ser persona de buena voluntad y sin necesidad de mostrar carnet alguno. Nos interesa no tanto su filiación cuanto su sentimiento: "está destrozando (el párroco), lo que es y quiere ser una celebración familiar en torno al bautizo del niño"
El Espíritu Santo no va a permitir que la celebración se paralice. Desde aquí queremos apoyar la pronta cordura de este párroco que parece haber olvidado que la manifestación de la fe, según nuestra creencia, es católica, es decir, universal ¿Acaso la homosexualidad no entra en el universo del acontecer humano?

La comunidad cristiana nació en medio del escándalo (la cruz), desafiando las estrechas lecturas que se hacían de las Escrituras. Jesús nos enseñó que no debemos dudar en interpretarlas conforme a los signos de los tiempos. Los inmovilistas de entonces, le tacharon de comilón, borracho, amigo de gente de mal vivir y de pecadores (Mt 11, 19). ¡Es más!, su comportamiento con las mujeres, iba contra el proceder de los rabinos, de ahí que el cristianismo fuera tachado de religión de féminas. Esta descalificación ha seguido actualizándose con más frecuencia que la que fuera de desear, contra el creyente que, siguiendo el ejemplo de Jesús, ha preferido proclamar: “Habéis oído que se dijo… pues yo os digo” (Mt 5, 38), que seguir instalado en la inmovilidad.
La tradición, respecto a la sexualidad en general, y a la homosexualidad en particular, ha tenido momentos de mayor templanza. No obstante, más allá del siglo XIII, la sociedad, que no la Iglesia, volvió a arremeter contra este colectivo. Cierto que la Iglesia se dejó llevar de la creciente animadversidad social. Por ello, es conveniente releer los textos de las reflexiones anteriores. Estimamos que Jesús se escandalizaría de la ortodoxia de algunos cristianos y, asimismo, del comportamiento de algunos homosexuales, aunque, posiblemente, sería más comprensivo con su orgullo que con nuestras descalificaciones. Si en Cristo no hay hombre ni mujer, sino personas, la otra sexualidad, simplemente es la misma, pero expresada de forma distinta. Y como dijo Jesús al Bautista: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6).
Antes de escandalizarnos o juzgar el comportamiento de nuestro prójimo, reflexionemos con las palabras que en la Suma Teológica (1.272 d. C) nos propone un Doctor de la Iglesia, como es Santo Tomás de Aquino, en los tiempos en los que comenzaron a arremeter, nuevamente, contra el colectivo: “Debido a las distintas condiciones de los seres humanos, ocurre que ciertos actos son virtuosos para determinadas personas, en tanto adecuados y convenientes a su condición, mientras que, para otros, los mismos actos son inmorales, en tanto inadecuados a su condición”
Santo Tomás, el Doctor Angélico, había asimilado que quien ama comprende, y que, a quien no quiere comprender otras formas de pensar y sentir la vida, van dirigidas las duras palabras de Jesús cuando amonesta a escribas y fariseos de esta manera: “¡Ay de vosotros! que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis; y a los que quieren entrar no les dejáis” (Mt 23,13). Hemos podido observar la semana anterior, que a pesar del criterio que prevalecía en las primer as comunidades cristianas, el eunuco fue bautizado por imperativo del Espíritu Santo. El Reino de los Cielos, también era para él, es más, sin él, no sería posible el reino anunciado.
Seguir los pasos del Nazareno, no fue ni es tarea fácil, Él no mide al mundo por lo que ordenan las leyes, por lo que creen los eruditos que está bien o mal; Jesús trasciende siempre la legalidad; el Dios de Jesús no es el Dios del sistema que separa a los buenos de los malos. Él hace aparecer en toda su crudeza la violencia de la historia. Su medida no es la ley, es la gracia de Dios, que como don, recorre el mundo desde su alfa hasta su omega. Sólo quien se acoge a esta divina donación, puede comprender y trascender las cosas de este mundo. El teólogo X. Pikaza, lo ha expresado con estas palabras: “Desde su experiencia de gracia total, Jesús elevó una palabra de condena total contra aquellos que siguen viviendo (muriendo) en un plano de la ley” (”Antropología Bíblica”, pg. 282).
Y es que, si como anuncia Pablo, los caminos de Dios son inescrutables (Rm 11,33), puede ser que quien habla mal de un homosexual, le esté abriendo las puertas del Cielo, pues como dijo su gran amigo el evangelista Lucas, al comentar las malaventuranzas: ¡“Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc 6,26).
Por supuesto que esta reflexión no exime de su culpa a aquellas personas que intenten contaminar y pervertir a la sociedad. De hecho, esto es lo que sucedía como práctica común en la antigua Roma. Contra estos individuos, sean heterosexuales u homosexuales, fueron dirigidas todas las expresiones condenatorias de los textos sagrados y de la tradición de la Iglesia. Así hemos de comprender el catálogo de vicios que enumera Pablo en la carta a los corintios (1Cor 6,9s). La perversión en lo humano y en todas sus formas, es lo que denuncia Pablo. Ahora bien, en aquella época, era tan perverso que un heterosexual tuviera prácticas homosexuales, como que a un homosexual se le exigiera, por el hipócrita decoro de la sociedad judaica, prácticas heterosexuales.
Hoy, la tendencia homosexual comienza a ser admitida como un hecho normal en nuestra sociedad y en nuestro credo, sin embargo, ¿qué clase de esquizofrenia nos invade si, por una parte se comprende y admite la tendencia, y por otra se prohíbe la práctica? Cuando Jesús habla de los eunucos (Mt 19, 10-12), no está recriminando perversión ni censura alguna, sino constatando un hecho.
Un dato actual, que a la hora de enjuiciar las éticas es de vital importancia: en el comportamiento de las neuronas cerebrales de hombres y mujeres, se están descubriendo matices tan distintos y distantes, que ya no podemos hablar de “blanco o negro”. El principio evangélico: “Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no, que lo que pasa de aquí viene del maligno” (Mt 5,37), era válido hasta la física newtoniana, pero no al llegar la física cuántica y el principio de incertidumbre de Heisenberg. Dejemos, por tanto, que sea la ciencia la que nos vaya descubriendo las capacidades del ser humano. El cometido de la religión es otro: buscar el camino para que la fe y el Evangelio se sigan expresando a través de las nuevas realidades que están por llegar.
Desde esta red hemos querido llamar la atención sobre un problema que está sin resolver; próximamente también los haremos con la problemática de los separados y divorciados (seguimos a la espera del documento sobre la familia). Mirar hacia otro lado no es escuchar la voz del Espíritu. Millones de personas esperan, como dice el Papa, misericordia. Los conocimientos actuales sobre la homosexualidad no son los que tenían en el mundo bíblico. De ahí que pretender encontrar soluciones o respuestas en sus textos está fuera de lugar. Ellos, no obstante, y como hemos intentado demostrar, nos marcan la dinámica a seguir. Los Derechos Humanos tienen una ética más evolucionada que las leyes del Sinaí, por tanto, el conocimiento de la psicología humana actual, no puede ser medido por el que tenían en la época de los patriarcas bíblicos.
El humanismo cristiano, en diálogo con la bioética, ha de encontrar cauces en los que la dignidad de estos millones de personas deje, de una vez y para siempre, de ser menoscabada. Si todos somos hijos de Dios, ellos también, y su tendencia sexual como deja constancia Jesús, no puede ser motivo de discriminación. Hubo tiempos en los que, por nacer mujer, (genéticamente se creía que era un hombre venido a menos), se dudaba que tuviera derecho a poseer alma (año 585 Concilio de Nicea). Niños con síndrome de Down, todavía el siglo pasado, se ocultaban a la vista de los vecinos. Hoy sabemos que los que no tenían alma, eran los que dudaban que la tuvieran las mujeres, y que los llamados niños “mongólicos” de entonces (en la época de Jesús, eran endemoniados por los pecados de sus antepasados), hoy, con los conocimientos de la ciencia, pueden capacitarse para acabar una carrera universitaria.
No es mi intención comparar la problemática de la homosexualidad con los ejemplos anteriores, pero sí observar que ni religiosa ni científicamente hablando, se pueden mantener los criterios que de la homosexualidad se tenían en el pasado, ya que las causas de condenación (no engendrar), ya no existen. De continuar así, tarde o temprano tendremos, una vez más, que pedir perdón. Si todos somos igualmente dignos, como indicaba el fallecido Cardenal Martini, demostrémoslo.

Antes de publicar la tercera parte de la reflexión sobre la Homosexualidad, y haciendo un alto en el camino, voy a escribir sobre un tema de actualidad en estos días y que titulo: el gobierno del desgobierno.
Comenzaré diciendo, en orden a sentar las bases de esta reflexión, que una de las acepciones del significado del término “religión”, consiste en estar religado. La religación ha de ser tanto con el interior como con el exterior del ser humano. En definitiva, la persona religiosa ha de estar centrada. Por esta razón cuando los antiguos decían que alguien estaba descentrado, usaban la palabra griega “amartia”, es decir, errar el blanco. Es la palabra que se usaba cuando en el tiro con arco, se erraba el blanco y la flecha no iba a parar al centro de la diana. Desde entonces, pecado, significa vivir descentrado. Dicho de otra manera, pensar una cosa y hacer otra.
Pues bien, se ve que desde la teología no es posible dejar de hacer política. Dicho de otra manera, eso de que la religión ha de quedar para la sacristía, es como decir que la política es solo para los políticos. Ni una ni otra cosa es posible, pues si como creyentes pensamos una cosa y como ciudadanos nos hacen comulgar con ruedas de molino, el resultado no es otro que vivir descentrado, es decir, en pecado.
Una vez realizada la oportuna aclaración, comento el motivo de esta reflexión, que pudiera parecer política, pero que sin embargo, es también religiosa. Pervertir la inocencia es uno de los mayores pecados de la humanidad. El reino de los cielos, es decir, la felicidad en este mundo, es del inocente. Quien mata la inocencia, mata algo sagrado del ser humano. Y aterrizando diré: Ya se ha pretendido matar una de las tradiciones más hermosas, como es la creencia en los reyes magos, haciendo que los niños se pregunten por el esperpento que les presentaron con las cabalgatas últimas.
Ahora se van minando las tradiciones, tratando de mostrar que aquellos cuentos de nuestra infancia era auténticos desatinos, donde la buena era la bruja, y el malvado era el príncipe, que ese sí que era azul y no rojo.
La justicia nos la presentan con un juez ahorcado, la creencia con una monja embarazada, la vida con una mujer que aborta, la convivencia con exaltaciones al terrorismo y la matanza a los inocentes… y todo ello, a través de un espectáculo titiritero donde los espectadores no daban crédito a lo que estaban viendo.
¡Ya está bien! Y ahora escuchamos voces que se camuflan denunciando lo sucedido pero, se indignan, más por lo que vaya a hacer la justicia con los responsables, que lo que de hecho ya han realizado los titiriteros con nuestros pequeños ¿Se imagina el lector un hecho así en otro país democrático? Como no quiero vivir descentrado, aunque algunos lo pretendan, quiero dejar constancia en estas reflexiones teológicas de mi indignación por estos hechos, que lejos de estar al margen de lo religioso, atacan al centro neurálgico de nuestras tradiciones y no para mejorarlas (que es necesario y en ello estamos), sino para destruirlas. Al menos eso es lo que parece pretenden algunos gobernantes actuales, gobernando para provocar el desgobierno.