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Hoy vamos a reflexionar sobre el mal, partiendo de las ideas que al respecto ha desarrollado una de las personas más relevantes dentro del saber teológico español; me refiero al profesor Andrés Torres Queiruga. Él, además , es gallego, y por tanto, no podemos evitar cierta querencia hacia sus enseñanzas que, para este humilde teólogo, vienen de muy lejos a través de sus libros. Ahora, nos propone meditar sobre el problema del mal. “Repensar el mal” (título de uno de sus trabajos) es una necesidad en un mundo, que por su finitud, es cambiante. El mal es un problema humano, no es un problema religioso. No obstante y dado que todo problema humano interesa a la religión, la Biblia tratará de dar su respuesta. Mi paisano (déjeme el lector que presuma, yo nací en Viveiro, aunque vivo en Madrid), como buen gallego, al darnos unas respuestas, nos crea otros interrogantes ¡me gusta! Así, en su finitud, como la de este mundo, nos sigue abriendo las puertas del infinito.
Hace muchos siglos, la escuela de sabios, integrados en el libro de Job, también tuvieron parecido dilema: ¿Hay mayor mal que el sufrimiento del inocente? El sabio de entonces no pregunta por el origen del mal, cuestiona a Dios por permitir el sufrimiento del justo. El mal estaba ahí, esta realidad era incuestionable para el que no seguía la norma de Yhavé, pero era incomprensible para el seguidor de su Ley. Job, que de paciente no tenía nada, léase el libro para comprobarlo, cuestiona el motivo del sufrimiento para aquél, que como él, es cumplidor de los preceptos divinos. Después de una larga reflexión, que le lleva a una constante rebeldía contra esta injusticia, aumentada por el “silencio” de Dios, finalmente, llega a una conclusión similar a la del profesor Andrés: “Era yo el que empeñaba el Consejo con razones sin sentido” (Job 38,2; 42,3). Expresando las ideas del profesor: Hay razones sin sentido como la cuadratura del círculo o tratar de dividir una clase en tres mitades. Interrogando a Dios con preguntas imposibles, nunca podremos tener respuestas. El mal no está originado en Dios, es inherente a un mundo finito. Preguntar por qué existe el mal en el mundo es como cuestionar a Dios el motivo por el cual, el círculo no es cuadrado.
¿Dónde está la solución al dilema? Dado que lo finito es, por naturaleza, imperfecto, y en la imperfección siempre habrá opciones mejores y peores, el mal no podrá desaparecer en tanto exista el mundo. La Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, trata de responde a esta angustia existencial ¿Cómo? Dios salva y sigue salvando al introducir en la finitud del mundo, el Amor. Esta experiencia, que es Vida, sólo se conoce cuando se vive. Job, cuando experimenta en su existencia este Amor, a pesar de todo lo que le va ocurriendo, comprueba, además , que nada le es imposible a este Poder total (Job 42,2), y entonces exclama: “Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42,5). Asumiendo lo finito (polvo y cenizas) intuye el infinito.
El mal es propio a la naturaleza de lo caduco y por tanto inherente a nuestro mundo finito. Este mundo finito, carece, choca con otras realidades finitas ¿Quiere esto decir, que Dios quiere el mal? No, Dios se preocupa por el sufrimiento constante que provoca el mal, dentro de ese mundo y pone a disposición del ser humano, desde el Paraíso (lugar al que tendemos y no del que salimos), el Amor recibido que al darlo, salva. La respuesta a esta contingencia necesaria, al menos desde la teología, es la salvación prometida por Dios, a través de la historia de Israel y plenificada en Cristo con su humanidad. Y decimos y repetimos, a través de su humanidad, ya que, paradójicamente (y por ello la respuesta de Andrés, que hago mía, crea, a Dios gracias, nuevos interrogantes), es en la aceptación de lo finito que hay que asumir (muerte) y en la colaboración con un Dios Amor, evitando la pobreza, la esclavitud, la injusticia, en definitiva, la falta de amor, en donde hayamos la eternidad (resurrección).
Job no puede quitar el mal que genera tanta injusticia, y menos cuestionar a Dios por su existencia, ya que es “una razón sin sentido”, Job y el cristiano de hoy, tienen que amar. Amando nos unimos al Amor y en él, a pesar del mal necesario, estamos salvados. Esta experiencia de la salvación está más allá del tiempo y es precisamente en la aceptación de esta finitud donde somos rescatados por el infinito.

El Papa, hoy emérito, Benedicto XVI recordó en su día, especialmente a los cristianos, tanto en sus últimos documentos como en sus homilías, que es preciso “Promover un fecundo diálogo entre razón y fe”; Por tanto, encontrar el puente entre FE y razón (ciencia) es unas de las tareas más urgentes del cristianismo actual. La FE es otra de las virtudes humanas que nos remite al ámbito de lo divino ¿Cuántas veces hemos oído exclamaciones como la siguiente? “Tú hablas así porque tienes fe, yo no tengo fe… aunque quisiera”. Esta afirmación, antropológicamente hablando, no es posible en el ser humano. Todos los seres nacen con FE. La FE es un don que nos viene dado y que, dependiendo de la personal creencia, nos remite, o no a Dios.
La FE, como las piernas (sirva de ejemplo), las tenemos desde el nacimiento. Es más, desde la concepción cristiana de la historia, decimos que la FE es universal, es decir, católica (el significado de la palabra católica no es otro que universal). Dicho esto, nos remitimos a lo expresado anteriormente. Todo ser humano nace con FE. Cosa distinta es observar lo que hacemos con este don. Gracias a él, podemos creer libremente y elegir en nuestro devenir las opciones que nos parecen más acertadas.
Siguiendo el ejemplo anterior. Al nacer con piernas (FE), podemos andar, correr, saltar, quedarnos tumbados, sentados, etc. Cualquier elección precisa de las piernas que previamente tenemos. Asimismo, cualquier creencia, precisa de esa virtud que los creyente llamamos FE (es preciso trascender la palabra para aprehender su genuino significado). Lógicamente si partimos de la base que la FE es universal, nuestra creencia, ha de ser, a la vez, universal, ya que si no fuera así, no podríamos confesar que nuestra religión es católica. La FE emana de Dios, al igual que la creencia emana del ser humano. Gracias a la FE puedo creer o no creer. Aquella persona que afirma no creer en Dios, de hecho ¡cree que Dios no existe!, exactamente igual que aquél que ¡cree que Dios existe! La libertad de elección es humana (creencia, religión), gracias al don previo (FE) que es divino.
Explicados los dos sintagmas: Fe y creencia y la necesidad del primero para que se dé el segundo. Concluimos esta primera parte de la reflexión: todas las personas nacen con eso que, desde la creencia católica, llamamos FE.
La FE posibilita a todo ser humano a creer. Todos creemos, aunque, por supuesto, no todos creemos lo mismo. Igual que por el hecho de tener piernas, no todos bailan. Los hay, que permanecen sentados durante su existencia, limitándose a criticar a los que se arriesgan. La creencia es una necesidad vital desde los orígenes. Tal es así que en nuestros mitos bíblicos (forma de expresar la verdad más allá de todo tiempo), decimos que el ser humano es imagen del Creador (Gn 1,27), ¿Por qué? Porque es imposible creer y no crear.
El ser humano, lo es, porque en virtud de la FE puede libremente creer. Pues bien, quien cree no puede dejar de crear. Si yo creo posible algo (si lo creo es que no tengo evidencia de ello) necesito hacerlo evidente, es decir, necesito crearlo. Si, por ejemplo, yo creo que el mundo está mal, necesito crear nuevas condiciones que lo cambien (todos tenemos un mundo que cambiar… ¡el nuestro!). Si yo creo (de creer) que las sillas son muy incómodas, necesito crear unas que no existen y que previamente sólo están en mi mente.
Creer y crear es un binomio inseparable. No puedo crear si previamente no he creído, ni puede creer si posteriormente no creo (de crear). Observemos que el presente de indicativo de la primera persona del verbo creer y crear se declina de la misma manera ¡yo creo!
Yo creo, tanto para creer como para crear. De ahí que Biblia nos diga que desde el principio de la creación el ser humano es imagen de su Creador. Dios pensó un universo (de creer) y creó (de crear), la creación y ahora, mientras Dios “descansa en el séptimo día”, los humanos (para serlo), tenemos que seguir creando (Gn 2,3).
No es baladí que la ciencia tal y como la conocemos, se haya cultivado en ambientes donde la religión ha roto el eterno retorno de la naturaleza (recuerdo la frase del doctor en física Stanley Jaki,: “No es accidental que la ciencia naciera en un contexto cristiano, y no en un contexto árabe, babilónico, chino, egipcio, griego, hindú o maya donde la ciencia, según la conocemos, nació muerta”.
El Dios de los cristianos es histórico y si bien no hace la historia, hace que la historia se haga… pero a través del hombre. Desde los orígenes creer y crear marcan la impronta de la antropología bíblica. Y es precisamente esta impronta la que abre a la ciencia, es decir, a la creatividad, un mundo pendiente de descubrir, de revelarse ante nosotros y que únicamente aguarda a que tú, lector que reflexionas conmigo, creas posible crearlo en el día a día de tú creación.
Conclusión final: La FE (virtud que en cristiano llamamos teologal pues procede de Dios) nos permite ser personas, es decir, creer; ahora, y en virtud de lo que libremente haga con la creencia, transformaré la religión, la razón, la ciencia, etc. para crear unos nuevos cielos y una nueva tierra como Cristo nos enseñó… caso contrario…
La FE, por tanto, no va contra la ciencia, bien al contrario es el motor que la genera. Con palabras del profesor Rof Carballo (que fue eminente catedrático de medicina, endocrinólogo y miembro de la Real Academia Española). “La ciencia más audaz espolea a la fe más bien que a la duda”
Un científico ha de ser forzosamente creativo y creer que todo puede cambiar (“metanoia” como ya explicamos en otra reflexión), que es la exigencia previa para entrar en la economía de los Hijos de Dios. La ciencia no puede ir contra la FE porque es la energía que la hace posible. San Agustín tenía una frase del Libro de la Sabiduría que repetía frecuentemente y que hacemos nuestra: “Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso” (Sb 11,21). Asimismo, el Eclesiástico proclama que “Dios ha impuesto un orden sobre las grandezas de su sabiduría y existe desde el principio al fin de los siglos” (Sr 41,21)
Ahora, como entonces, nos toca especialmente a los cristianos hacer que ese orden prevalezca y se transforme por los siglos de los siglos.

Conclusión:
Comenzamos esta reflexión hace un mes. Todas las semanas hemos recordado el título del primer día, “El matrimonio…a plazos”. Este enunciado proclama tal desprecio al amor, que no hemos podido resistir la tentación de explicar dentro de la brevedad de este espacio la enseñanza de la Biblia y de la tradición de la Iglesia con relación a la cuna del amor: desde el Génesis, y no desde las leyes, Dios marcó la necesidad de la relación humana.
La Iglesia, que formamos todos, siempre ha sido sensible al sufrimiento que experimentan en sus vidas muchas parejas, precisamente por la falta de relación. Obviamos las causas, al final es una: el desamor. La falta de amor de muchos matrimonios y la repercusión que ello tiene en la familia, reclaman nuestra atención. No podemos permanecer insensibles ante la situación que atraviesan infinidad de creyentes que, queriendo ser coherentes con su creencia, padecen el desamor y la angustia, allí donde más se necesita: en la convivencia matrimonial. Estas reflexiones han tratado de mostrar que la sensibilidad de la comunidad cristiana ante este problema es tan antigua, como el pilar de nuestra creencia: el Evangelio.
Hemos ido mostrando que, ante situaciones distintas, los creyentes siempre han encontrado soluciones. Así ocurrió con los matrimonios judíos realizados por motivos de consanguinidad y que fueron disueltos gracias al buen criterio del evangelista Mateo, que llegó a la conclusión que conservar un matrimonio sin amor es pura idolatría.
Pablo de Tarso, el gran apóstol de los gentiles, reclama para sus comunidades vivir en paz y amor. La angustia que estaban pasando los corintios convertidos al cristianismo hacía inviable la convivencia de muchos matrimonios cuando una de las partes seguía con sus antiguas creencias. Pablo no duda en desligar a estas personas ya que el matrimonio está concebido para amar y por tanto para vivir en paz.
El cristiano ha de adaptarse a los signos de los tiempos (Mt 16,3b). Las sociedades cambian, las costumbres se van haciendo leyes, pero siempre teniendo presente que lo importante no es la ley, sino el hombre. Así los Papas, en virtud de la potestad que Cristo concede a Pedro como representante de la Iglesia, van solucionando los problemas que surgen al expansionarse el cristianismo, y encontrarse con distintas creencias y culturas.
Conviene recordar que el matrimonio desde la óptica católica, lo que hace es elevar a la categoría de sacramento, lo que siempre ha sido una cuestión civil. Y ello porque la unión de dos personas no es de origen sacramental, sino de origen creacional. Por eso desde el principio de la creación “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn 2,24). Aquí radica la fuerza del amor: Dios ha hecho al hombre de tal manera que ante la fuerza del amor la ley no tiene poder alguno, pues aquélla (la fuerza del amor), ha sido impresa en el corazón de la humanidad en el momento de su génesis, mientras ésta (la fuerza de la ley), ha sido impuesta por la dureza del corazón humano (Mt 19,8).
El libro bíblico que trata de explicar el arrebato que provoca el amor en las creaturas de Dios, es el Cantar de los Cantares; este texto llega a manifestar que nada ni nadie puede acallar al amor cuando se despierta: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por amor, se granjearía desprecio” (Ct 8,7). No es extraño que Fray Luis de León se viera en la cárcel por traducir del hebreo al castellano este hermoso libro sobre el amor humano…que también conduce a Dios, sin necesidad de explicaciones traslaticias.
Mateo recuerda a sus seguidores de origen judío, que el matrimonio no depende de la ley, sino de la voluntad querida por Dios en el momento de la creación. De ahí que repita en Mt 19,5 lo expresado en Gn 2,24. El amor que une a dos personas es previo a la ley. Por ello no hay ley que pueda separar a los que se aman. Los judíos de la época de Jesús habían hecho lo contrario, habían colocado al amor bajo el peso de la ley. Jesús no lo admite y lo denuncia: lo que ha unido Dios desde el principio de la creación, que no lo separe el hombre con sus leyes. Ante esta exigencia, sus seguidores dirán que es mejor permanecer soltero.
Para concluir, hemos recordado la posibilidad que tiene el Papa, como piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia, y en virtud del llamado privilegio petrino, de ir solventando los problemas que la defectibilidad humana va interponiendo a la impronta creacional del amor. Han quedado reseñados dos distintos problemas: el de la poligamia y el de los matrimonios no consumados, especialmente en tiempos de guerra. En cualquier caso, la Iglesia encontró solución.
Llegados a este punto de nuestra reflexión y antes de finalizar podemos concluir que ni el Evangelio, ni la Iglesia son obstáculo para solucionar el problema de miles de personas que sufren, unas a gritos y otras en silencio, el desamor de sus hogares. ¿Estaremos legislando, nuevamente al amor, olvidando que el amor es Dios? ¿No es cierto que a veces se intenta, nuevamente, volver a encarcelar al amor en las leyes humanas? No dudo que la intención sea buena, pero de hecho, en lugar de legislar sobre la familia, lo hacemos sobre el matrimonio, es decir, sobre el sacramento. Y los sacramentos, no tienen contratos, por tanto, ni pueden ni deben estar supeditados a las leyes.
El matrimonio en cuanto sacramento es de origen creacional, está más allá de la ley. De ahí que si nos regimos por criterios amorosos, como afirma Jesús, es indisoluble por naturaleza. Por esta razón el Papa, en cuanto representante de los que aman a Dios en el prójimo y se autodefinen como católicos, tiene el poder de atar y desatar todo lo que impida que el amor brote en la humanidad.
Actualmente el Papa Francisco ha entregado al orbe católico su exhortación sobre la familia “la alegría del amor”. Leeremos con atención sus palabras para tratar de encontrar una respuesta conforme a la potestad evangélica y a los textos bíblicos que aquí hemos comentado.

Buscando soluciones: la excepción petrina.
La excepción que vamos a trabajar hoy en nuestra reflexión proviene del siguiente mandato del Señor: “… tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16,18s). Por tanto, con este mandato, Jesús confiere a la cátedra de Pedro todo aquello que, para el bien de la Iglesia, pueda atar y desatar a través de la historia.
La teología de Mateo y la de Pablo supieron desatar, y nunca mejor dicho este vocablo, lo que estaba atado con el sacramento del matrimonio en aras de conseguir la paz que nos dejó el Señor. Ahora bien, ¿Cómo es posible que ambos apóstoles, que, obvio es decirlo, no eran Pedro, se tomasen las atribuciones dadas por Jesús al jefe de la Iglesia y nadie protestara? Este interrogante sólo tiene una respuestas que la encontramos también en el evangelio de San Mateo: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18). La singularidad otorgada a Pedro, se convierte aquí en pluralidad, ya que Jesús se está dirigiendo a sus discípulos, es decir, lo que en el capítulo 16 es exclusivo de Pedro, en el 18 lo es, a su vez, de la comunidad. De ahí que desde entonces, debemos entender que el sentir de la Iglesia, sea lo que debe quedar reflejado en su cabeza visible: Pedro.
Ya desde el comienzo del cristianismo, se observa que el privilegio petrino constituye una realidad sumamente compleja que emana de la potestad vicaria antes mencionada. El terreno de aplicación de este privilegio es muy variado. Nos limitaremos a señalar dos actuaciones del magisterio de Papas realizadas en la historia, como consecuencia de las necesidades de la Iglesia, y en virtud de la potestad dada por Cristo a Pedro y sus discípulos hasta el fin de los tiempos; por tanto, esta potestad la tiene hoy, el Papa Francisco en tanto y cuanto representa a la Iglesia.
En primer lugar, resaltamos la posibilidad de decidir, por parte del que se convierte a la fe, a qué persona escoger como cónyuge en el caso de un matrimonio polígamo preexistente. En el privilegio paulino comentamos la solución dada cuando uno de los contrayentes se había convertido al cristianismo y el otro no. Ahora el problema es más complejo: la Iglesia con el transcurso del tiempo se va introduciendo en otras culturas donde imperan distintas religiones ¿Qué hacer cuando un hombre casado con varias mujeres, se convertía al cristianismo? ¿Cuál era, cristianamente hablando, su “auténtica” esposa? Alguien podría contestar ¡la primera! Pues no, y damos por sentado que en su cultura y religión, la autenticidad estaría en todas. No obstante, la Iglesia, a través del privilegio de la cátedra de Pedro, consideró que la auténtica esposa era aquella que primero se bautizaba.
Lo que en definitiva estaba en la base del privilegio petrino era el principio de que el matrimonio de los infieles no resultaba absolutamente indisoluble frente a la potestad vicaria del Papa, si no se consumaba de nuevo tras el bautismo de la esposa que abrazaba el cristianismo. Así pues, la indisolubilidad radical del sacramento aparecía ligada, no al matrimonio, sino al doble requisito del sacramento del bautismo, en primer lugar y a la posterior consumación con la mujer bautizada (las anter iores “consumaciones” no contaban para la Iglesia, en virtud de la interpretación Papal). Lo prioritario en este momento histórico del cristianismo era el sacramento del bautismo, siendo el Papa el que ataba y desataba los vínculos existentes previos a la conversión.
La segunda actuación que vamos a resaltar corresponde a este último requisito -el de la consumación- ya que justificaba también la posibilidad de disolución del matrimonio rato y no consumado, contraído válidamente por dos bautizados. En este caso y muy especialmente siguiendo la enseñanza papal de Alejandro III y posteriormente Inocencio III (ambos del siglo XII), la Iglesia determinó que la existencia del matrimonio precisaba del consentimiento de los contrayentes, afirmando que el matrimonio rato y no consumado recaía en todo caso bajo la potestad y la jurisdicción de la Iglesia, la cual podía, por consiguiente, proceder a su disolución.
¿Cuál era el problema que trataban de solventar? Al margen del ya explicado con relación a los matrimonios polígamos (por supuesto la poligamia siempre la ejercía él, nunca ella), ahora el problema que trataban de solucionar era el de los matrimonios que se habían dado el consentimiento ante el altar, pero no habían llegado a conocerse (bíblicamente hablando), al decir, al menos , de una de las partes.
En este caso, y al contrario del anterior, el Papa se reservaba la potestad de anular los matrimonios realizados sacramentalmente, pero no fisiológicamente. Igual que Pablo y Mateo, el privilegio petrino se adaptó a la concreta circunstancia que atravesaban muchos matrimonios cristianos que clamaban por una solución a su problema ¿Cuál era dicha circunstancia?
En todo lo humano, las circunstancias pueden ser varias, resaltamos aquí la que nos merece especial atención. Existían muchos matrimonios realizados, especialmente, en tiempos de guerra; el esposo había partido con el ejército, y tras diversos años de espera por parte de la esposa, el marido no regresaba al hogar. La esposa se había vuelto a enamorar…
Recordemos que en muchos casos a la esposa, para evitar infidelidades, el “fiel” esposo, le había colocado el llamado cinturón de castidad; este artilugio hacía imposible la cohabitación con persona alguna ¿Qué hacer? Eran tanto los casos que surgían en la sociedad, bien porque al esposo se le creía muerto, bien porque se le daba por desaparecido, bien porque la infección provocada en la esposa por el llamado cinturón de castidad, exigía una intervención de las autoridades competentes, que la Iglesia tuvo que dar respuesta a esta problemática… y la dio.
En estos supuestos la comunidad eclesial, a través del magisterio de Papas y en virtud del privilegio petrino, anulaba el matrimonio sacramental, declarando que el matrimonio era rato pero no consumado. Por tanto, se mire como se mire, en estos casos, lo secundario también era el sacramento del matrimonio: en el caso anterior lo prioritario era el bautismo, en el presente, la consumación, ya que ambos daban validez a la unión sacramental.
Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Cierto. Pero ello no ha sido óbice para que, sin menoscabo del mandato evangélico, durante siglos se buscaran interpretaciones que dieran soluciones a los problemas que los creyentes iban encontrando para cumplir las exigencias del amor.
En la próxima reflexión sintetizaremos y concluiremos todo lo expuesto hasta el momento.

Buscando soluciones: La excepción paulina.
El texto sobre el que hoy vamos a reflexionar está sacado de la primera carta que el Apóstol Pablo dirigió a los de Corinto. Parte del capítulo 7 lo dedica de forma especial al grave problema que le han planteado los corintios con relación a las personas que, estando casadas, se convierten al cristianismo: “En cuanto a los casados les ordeno, no yo sino el Señor que la mujer no se separe del marido…y que el marido no despida a su mujer” (I Cor 7, 10s).
De esta lectura apuntamos dos sugerencias: la primera es que para Pablo y sus comunidades, también se les hace duro asimilar la exigencia de Jesús, con relación a la imposibilidad de repudiar a la mujer. Por ello necesita aclarar que él no es quien lo manda, sino el Señor. Igual que leímos en el evangelio de San Mateo, Pablo está dejando constancia que con tal exigencia no trae cuenta casarse. La segunda es ratificar la situación de la mujer en aquellos tiempos: ella no debe separarse del marido, y él no debe despedirla. El matiz es completamente distinto si se dirige a los hombres o a las mujeres; despedir sólo es potestad del hombre.
Seguidamente San Pablo dice: “en cuanto a lo demás, digo yo, no el Señor… “(7,12). Ahora habla el Apóstol siguiendo, no lo ordenado por el Señor, que ya ha quedado indicado, sino lo que cree justo, según su opinión. Y aquí nos va a exponer la problemática que tenían los matrimonios en sus comunidades.
Leyendo el texto de este capítulo 7 a partir del versículo 12 observamos el dilema por el que atraviesan los matrimonio cristianos de Corinto ¿Cuál era ese problema? Muy sencillo y complejo a la vez, como todo lo humano. Existían matrimonios en los que únicamente una de las partes se había convertido al cristianismo, por tanto, él o ella no habían abrazado el Evangelio ¿Qué hacer? Pablo sugiere que “si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no le despida “(7,13). Observamos una diferencia con la ley judía, aquí Pablo también habla de que a la mujer se le permite despedir al marido (en cristiano, tanto monta, monta tanto) ¿Por qué sugiere Pablo aguantar cuando la parte no cristiana lo acepta? Nos lo aclara a continuación: para que, gracias a la parte cristiana o bien la de ella, o bien la de él, se salve el otro/a y los hijos no sean considerados impuros, es decir, ilegítimos (7,14).
El problema está planteado. Las discordias habían comenzado a surgir cuando uno de los contrayentes abrazaba el evangelio y el otro no. Pablo pide paciencia a la parte cristiana, siempre que el otro/a consienta en seguir viviendo en la familia debido especialmente a las consecuencias que tenía en la descendencia (en el primer tercio del siglo pasado, en España, todavía se consideraba ilegítimo al hijo concebido fuera del matrimonio oficial).
No obstante, a continuación puntualiza: “Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe, en ese caso el hermano o la hermana no están ligados… ¿Pues, que sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido? Y ¿qué sabes tú, marido, si salvarás a tu mujer? “(7, 16). Después de todas las recomendaciones, Pablo llega a una conclusión salomónica: de aguantar, nada; para él queda claro que si el otro/a no quiere, es que ha desaparecido el amor que les unía, y, por tanto, la causa por la que sugería a la parte creyente que aguantara. Es más, ahora pone en duda su sugerencia, llegando a afirmar que, en este caso los casados ¡no están ligados!
¿Cómo puede llegar Pablo a esta conclusión después de haber indicado, que no es posible desligarse por mandato del Señor? El apóstol, que tiene una vivencia de Cristo muy singular y profunda, da las razones por la que los cristianos ya no están ligados: porque “…para vivir en paz os llamó el Señor” (7,15).
La llamada del Evangelio como la llamada al matrimonio es para vivir en paz, por tanto, donde no hay paz, debido a la defectibilidad humana, Pablo dirá que la unión ha desaparecido, porque para vivir en paz se casaron. Por tanto, si debido a las circunstancias de la vida en común, han convertido la paz en guerra, aunque la causa sea tan religiosa y noble, como el hecho de haberse convertido uno de los cónyuges al cristianismo, ¡incluso en este caso!, Pablo recomendará desligar lo que un día estuvo ligado; lo cierto es que el amor jamás podrá coexistir con el calvario de un matrimonio en constante discordia.
El problema de la Iglesia corintia es distinto del que tenía la judaica, no obstante en ambos casos Pablo y Mateo, sin renunciar al mandato del Señor, optan por lo que hoy llama la sociedad civil, divorcio. Es muy sugerente la razón que da Pablo para desligar lo que Dios unió: la paz.
“La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). Cristo y el amor, el amor y Cristo dan paz, de no ser así, es porque Cristo, que es Amor, no está uniendo a esa pareja. Por supuesto que el culpable de esta desunión no es el Amor, sino la libertad con la que Dios nos ha creado. Esta libertad nos puede conducir al rechazo de lo que más necesitamos para realizarnos en este mundo, y que es el fin primordial por el que los seres humanos contraen matrimonio: el Amor. Todos los sacramentos eclesiales, desde el bautismo a la extremaunción, reclaman la vivencia del amor.
¿Qué sucede cuando transcurrido el tiempo, el canon de los textos sagrados queda cerrado? ¿Puede la Iglesia solucionar el problema de nuestros matrimonios, al igual que lo hizo Mateo o Pablo? (En esto s momentos el Papa acaba de publicar la exhortación “la alegría del amor”, de la que reflexionaremos en otro momento). Para tratar de responder a esta problemática recordamos la lectura del tercer texto que sugerimos en su momento y que corresponde al capítulo 16,18s del evangelio según San Mateo.