Blue Flower

Aunque el tiempo del sosiego de las vacaciones quedó atrás, el alma aún está en calma porque todavía, cerrando los ojos, es posible escuchar la voz del rio, el múltiple lenguaje de las aves, y rememorar cómo en el horizonte las montañas rasgan el cielo y cómo las estrellas, escondidas durante el año por la contaminación de la urbe, aparecen en el firmamento dibujando extrañas figuras en las noches claras del estío; ahora es el momento, tras la meditación de la reflexión, ya colgada en la red, de alcanzar la contemplación…
Recordábamos tiempo atrás que sin acallar los pensamientos es imposible contemplar el espacio que nos rodea. Mientras que los pensamientos parlotean en nuestro interior, sólo podemos mirar nuestro propio ombligo, es decir, nuestro ego. Él nos presenta las imágenes que ha creado para su supervivencia, y como anuncia el Evangelio: aunque tenemos ojos, estamos incapacitados para ver.
Dicen que los conquistadores españoles pudieron llegar a las costas americanas, porque los indígenas fueron incapaces de traducir en sus mentes lo que estaban mirando. Nunca había visto carabelas y sus cerebros no supieron ver el peligro que se les acercaba desde el horizonte. Igual que un ciego de nacimiento, que tras una operación quirúrgica, está capacitado para ver y sin embargo, no ve. ¿Por qué, si sus ojos ya están sanos y mandan las imágenes correctamente al cerebro? Porque éste, no las puede traducir. Lo asombroso es que continúa ciego… aunque ve.
Llevando estos ejemplos a nuestro mundo teológico podemos comprender que cuando miramos algo, somos incapaces de verlo, porque nos limitamos a traducir lo que previamente ya existe en nuestro cerebro. Ya había anunciado el evangelio, desde otra perspectiva, que la propia viga nos impedía ver la paja ajena.
Si asumimos en nuestro interior esta verdad evangélica refrendada actualmente por las ciencias, podremos intuir que hasta que no crucifiquemos el ego, no alcanzaremos al yo. Él es el único que puede admirar y contemplar el mundo. El ego, mira; el yo, ve, y tras la visión llega la contemplación. Y en el éxtasis de la contemplación, los santos “ven” desde los ojos del espíritu el otro mundo…que está en éste pero velado por el ego.
Mateo, el evangelista, nos lo explica en un “instante” al llevarnos en su catequesis hasta la cruz; allí, crucificados todos los egos: El velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron… (Mt 27, 51s), y el ojo del creyente comenzó a ver.
Todo ocurre ante los ojos que saben contemplar: lo velado aparece por vez primera y aquél que parece haber muerto… se revela como el inmortal: Ver daderamente éste era Hijo de Dios (Mt 27,54).
¿Qué ha sucedido? Nada para el que no sabe contemplar: para el que sigue mirando con los ojos del ego, Jesús sigue allí, clavado en la cruz. Esperando que a los tres días, a los cuatro o a los veinte, resucite. Mateo nos muestra el camino de la contemplación a los pies de la cruz. Tenemos que llegar hasta nuestro personal Gólgota para que en la iluminación al romperse el velo, se nos revele o desvele la realidad: El instante en el que con Cristo, muriendo al ego ¡resucitamos!
La catequesis mateana no puede ser más reveladora. Todo sucede en el momento en el que creemos morir. Allí el creyente ve, contempla, que la muerte no existe pues los santos están vivos. Lucas desde otra teología también nos acerca al misterio: Yo te aseguro que hoy estarás en el Paraíso (Lc 23,43) ¡Hoy! No dentro de varios días. La eternidad siempre se revela en el presente de cada devenir. La eternidad está velada en cada instante del tiempo.
Sí, hemos perdido el arrobo de la contemplación. Leemos estos pasajes evangélicos como hechos acontecidos hace tiempo. Los evangelios, si aprendemos a contemplarlos desde la quietud del espíritu, se revelan como situaciones que siempre están ocurriendo en el aquí y en el ahora de cada creyente.
…Vuelvo a escuchar el rio, los pájaros trinan y al igual que en invierno, cuando arrobado me quedo mirando el fuego de la chimenea, intuyo que el velo de la ignorancia no me permite contemplar la belleza que hay ante mis ojos…
Sí, creo que Moisés, contemplando el fuego con el que consumía las zarzas para evitar que sus ovejas se enredasen al pasar junto a ellas, pensó, como nosotros tantas y tantas veces ante el fuego: ha pasado un ángel. Pero aquella vez, tal y como lo pensó se le reveló la verdad. El ángel pasó y Moisés al contemplarlo, asumió su destino ¿Sabremos nosotros contemplar el nuestro? ¿Sabremos, al ver la realidad que nos circunda, contemplar la revelación, que cual pictograma divino, ha de ser desvelada?
El velo de la ignorancia es el que no nos permite ver la transparencia de Dios en el mundo que nos rodea. Todo remite a Dios. Ese todo, no es Dios, pero la trascendencia se deja contemplar por la inmanencia a través de la trasparencia del mundo. La célebre frase del poeta Paul Éluard: “Hay otros mundo pero están en este” también se puede aplicar a la teología. San Mateo nos muestra cómo la contemplación de Dios puede revelarse hasta en la muerte. En este mundo Dios sigue revelándose para aquellos que, como Cristo nos enseñó, tienen la capacidad de la contemplación, que en último extremo es la capacidad de amar todo cuanto nos rodea, hasta la muerte.

A veces el cristiano repite la oración como un mantra, al no ser consciente de lo que dice. Cuando el creyente reza esta oración, se identifica con el Padre, realizando en este mundo el Reino de Dios, por ello santifica el nombre de la divinidad. Esta identificación es la que hemos de meditar en el Padre Nuestro, caso contrario habremos caído nuevamente en la tentación, es decir, en la prueba de cada día. La oración de Jesús más que para ser hablada, es ¡para ser vivida!
Recemos, es decir, vivamos este acontecimiento junto a los más necesitados, devolviéndoles el pan que día a día necesitan y el Reino estará entre nosotros; sólo así quedará santificado el Nombre de Dios.
Cuando en clase explico cómo ha de ser entendido el Padre Nuestro, solicito de los alumnos que, siguiendo el ejemplo de Jesús, recemos a Dios. Por supuesto que, previamente, he explicado que no se trata de repetir como un papagayo, algo aprendido de memoria, antes bien todo lo contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, se trata de expresar la vivencia y el sentimiento que tienen de Dios, tal como él lo hizo.
Así, les expongo un ejemplo para intentar romper la falta de costumbre que tienen al respecto. El ejemplo, siguiendo las coordenadas de la oración de Jesús, puede ser el siguiente:
Padre y Creador mío. Tú, que eres más yo, que yo mismo, concédeme aquello que te pediría, si supiera realmente, lo que necesito; danos, con nuestro trabajo, el pan de cada día para que tu reino llegue a nosotros; ayúdanos a perdonar, perdonando, como Jesús nos enseñó. No permitas que caiga en el sueño de la ignorancia, antes bien, despiértame. Más, que tu voluntad sea siempre la mía. Amén.
Si el lector de esta reflexión me permite una sugerencia: haga lo mismo que lo solicitado anteriormente: Por favor, siguiendo las enseñanzas de Jesús, componga su propia oración. Aquella que le acerque al Dios que lleva dentro.
Siempre que hacemos este ejercicio, hay más de un alumno que me hace temblar de emoción al recitar su “Padre Nuestro”, es entonces cuando damos todos juntos gracias a Dios por la forma en la que, realmente, su nombre y su reino es santificado.
Recuerdo a una alumna que confesó no haber rezado el Padre Nuestro desde hacía años porque le era imposible dirigirse a Dios como Padre (el suyo era un borracho que les había abandonado, teniendo ella 10 años de edad, y tras recibir constantes palizas en casa cuando su padre bebía), su oración, una de las más hermosas que he oído, fue dedicada a Dios como Madre.
El Padre Nuestro que nos legó Jesús tiene una dinámica interna que se hace vida en cada creyente. Esa vida es la del cristiano que intenta hacer posible el Reino de Dios en este mundo, porque el Reino de Dios querido por Cristo ¡es de este mundo! si hacemos posible que así sea, caso contrario, su reino sigue sin ser de este mundo, por mucho que recemos y a pesar de que Él haya dado la vida para cambiarlo.
Todo lo indicado no quiere decir que hemos de dejar de rezar el Padre Nuestro según la tradición, todo lo contrario, de lo que se trata es de vivir la oración a través de la experiencia del orante.

En cualquier caso, si perdemos esta dinámica original, nos encontramos con el absurdo de pedir a Dios que nos perdone de la misma manera que nosotros perdonamos. Confío que no nos haga caso, si no, ¡estamos apañados! Por otra parte, reitero que es un exceso de orgullo, pensar que podemos ofender a Dios ¿acaso podría ofender un bebé a su madre por llorar? Si así fuera, pobre madre. Dios, en todo caso, según Cristo, se siente ofendido, en el bebé, si no lo cuidamos cuando sufre.
Finalmente, podemos señalar que la oración nos acerca al Jesús de la historia, pues acaba la misma con una petición conforme a la época apocalíptica que vivía el judaísmo del siglo I de nuestra era. Los estudios que se siguen realizando con los documentos encontrados en las cuevas de Qumrán, confirman esta tesis. Todos esperaban la prueba final. Así hay que comprender la actitud y retiro voluntario de los esenios y especialmente el comportamiento que en el evangelio tiene Juan el Bautista, cuando observa que Jesús parece ir por otros derroteros.
Efectivamente, si bien al principio Jesús se encuentra entre los discípulos de Juan, posteriormente comienza a tener sus propios seguidores. Juan no comprende: El hacha y el fuego del Bautista (Mt 3,10), pasan a convertirse en el perdón del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32). Con palabras de Benedicto XVI, es necesario dejar atrás la concepción del Dios justiciero para dar paso al Dios misericordioso: “… por la superación del Dios del juicio inminente por el Dios actual de la bondad” (Jesús de Nazaret, II, pg.142). Semejante locura es inadmisible. Juan duda: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Nuevamente Jesús rompe los cánones de la historia. Su respuesta es lapidaria: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6). El silencio de Juan el Bautista a estas palabras de Jesús, es extremadamente sonoro ¿Qué pensaría?
La oración del Padre Nuestro, no es una oración más. Es una vivencia de la divinidad que nos acerca al hermano… si queremos sentir a Dios como Padre. Es una vivencia de la humanidad según la sentía Jesús. Las tres primeras peticiones se dan cuando cumplimos las tres segundas y viceversa. Cielo y tierra quedan unificados. El A.T. queda superado. Juan el Bautista, el hombre más grande nacido de mujer (Mt 11,11a), no comprende ¿Comprendemos nosotros? Nosotros, que creemos pertenecer al reino de los cielos (Mt 11,11b).
Cada vez que rezamos el Padre Nuestro debemos tener conciencia de que Jesús ha elevado a la humanidad hacia Dios, de forma que su Nombre y su Reino llegan cuando el creyente colabora a través del necesitado de este mundo, es decir, cuando hace que ese Reino llegue al que, por no tener, no tiene ni el pan al que tiene derecho cada día, pues Dios siempre se lo ha dado, no ya a los hombres, incluso las aves del cielo tienen derecho a él (Mt 6,25s). Por tanto, si existe un ser humano que no tiene pan, es porque alguien se lo ha robado. No se puede pedir perdón a Dios, si previamente no hemos atendido a aquellos de los que nos sentimos deudores, devolviéndoles lo que les pertenece y perdonando a los que nos deben. Y es que para Cristo y para el cristiano, no hay otro mundo, hay éste, pero transformado. Recordando al añorado profesor Ruiz de la Peña: el otro mundo es el mismo, aunque no es lo mismo.

El pan que pedimos es el de cada día. Esta fórmula peticionaria, según Orígenes, Padre de la Iglesia que vivió entre el siglo segundo y tercero d. C. jamás había sido expresada con anterioridad al cristianismo, dato que nuevamente nos acerca, según el mencionado criterio de discontinuidad, al Jesús que vivió en el siglo primero de nuestra era.
El pan, tanto el material como el espiritual (“No sólo de pan vive el hombre…” –Mt 4,4-), es dado por Dios cada día, por ser padre. Nosotros lo aceptamos y con el otro lo partimos; desde ese instante el otro y yo somos con-paneros, compartimos el pan (compañeros). Así, el nombre se santifica cuando llega el reino, y el reino llega cuando hay pan para todos. Se observa como las tres primeras peticiones van apareciendo concatenadas con las tres segundas.
Desde esta dinámica de la historia, pedimos perdón a Dios; perdón que no podemos alcanzar dada la distancia entre lo fini to y lo infinito, pero que nos viene dado como gracia desde la filiación. Sabernos hijos de Dios nos hace descubrir en la humanidad una nueva hermandad. Esta hermandad, a su vez, nos permite comparar nuestra deuda con el Padre, por el don recibido (jamás porque podamos ofenderle), con la que tiene nuestro hermano con nosotros. Es entonces cuando, conscientes de la deuda que tenemos con el Padre, en virtud del don de hacernos hijos suyos, perdonamos a nuestro hermano. El sentirnos perdonados previamente nos hace perdonar las ofensas de nuestro prójimo.
Las palabras deuda-deudores, no fueron usadas anteriormente en griego dentro de una oración, pero sí en arameo. Este dato también nos acerca al Jesús de la historia. Lástima que hayamos perdido en castellano esta tradición al cambiar el binomio deuda-deudores por el de ofensas-ofenden ¿A quién tratamos de ofender? ¿Pretendemos desde nuestra finitud, ofender el infinito de Dios? ¿Por qué tenemos un orgullo tan grande? Que el creyente responda desde su particular vivencia de Dios, a estos interrogantes.

Tras la meditación última, comenzamos hoy una reflexionemos sobre la oración del Padre nuestro, símbolo católico de la meditación.
Los evangelistas Mateo y Lucas nos han dejado dos formas distintas de rezar esta oración (Mt 6,9-13; Lc 11,2-4). La exégesis actual, tras un estudio de ambos textos, ha llegado a conclusiones muy interesantes a la par que novedosas para la teología: si bien Jesús no dejó escrita oración alguna, podemos decir con cierta seguridad, que este himno, perteneció al Jesús de la historia. De hecho, es el único himno atribuido a Jesús en todo el Nuevo Testamento, incluida la Didaje
Comparando ambos textos y dejando fuera de los mismos la impronta de cada evangelista, debido a su particular teología, la oración que oyeron los apóstoles de boca de Jesús, por supuesto en idioma arameo, debió sonar así:
Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, nuestro pan de cada día, dánosle hoy; perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos lleves a la prueba.
Varios argumentos podemos usar para llegar a esta conclusión, resaltamos los siguientes:
En la época mosaica temían ver el rostro de Dios (Ex 3,6). Israel, como colectivo, fue asumiendo al Dios de la historia hasta llegar a sentirse hijo suyo. El que ejerce la justicia, en el libro de la sabiduría “Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor” (Sb 2,13). Jesús dando un paso más, llama al Dios de Israel: papaito, “abba” (Mc 14,36). Esta cercanía ante la divinidad nos acerca al sentimiento de Jesús.
Semejante comportamiento no pudo ser inventado por el cristianismo primitivo, ya que más que acercar adeptos, los alejaba. Este criterio es el mismo que se usa para afirmar la realidad de las apariciones de Jesús a las mujeres, pues dentro de aquella sociedad no tenían valor jurídico alguno. Este criterio, llamado de discontinuidad, rompe las formas y usos de la historia y nos acerca a los eventos realmente acontecidos en cada época, en este caso, en la de Jesús; por lógica, nadie se inventa un hecho que crea problemas ¿Por qué Jesús se apareció primero a las mujeres? ¿Creía más en ellas que en los Apóstoles? Por tanto este hecho, como el llamar a Dios “papaíto”, es un hecho real y nos acerca a las vivencias del Jesús histórico. Conviene recordar que ante el representante de Dios, el ¡Cesar!, había que inclinar el rostro y arrodillarse a su paso; muchos cristianos murieron como “ateos” por no inclinarse ante el emperador. Ante semejante forma de ver la religiosidad, con el “representante” oficial de la divinidad, podemos imaginar lo extraño que sonaba llamar al mismísimo Dios: papaíto.
La oración del Padre Nuestro es personal, va del yo al tú. Yo, como hijo, al Tú, como Padre. Este Tú, se repite otras dos veces más, tu nombre y tu reino. Tres peticiones dirigidas a un Tú. Seguidamente, Jesús nos pide que realicemos tres peticiones de forma colectiva: nuestro pan, nuestras deudas, nuestros deudores.
Vista así la oración tiene cadencia rítmica e hímnica, especialmente, en arameo, lengua en la que Jesús, salvo excepciones, expresó su pensamiento. Desgranando la oración en lo que nos permite esta reflexión, diremos que El pan es de todos, al igual que el padre. El padre es “nuestro”, como decía San Cipriano, mártir y obispo de Cartago en el siglo III: nuestro en la doble vertiente “danos hoy nuestro pan”, como el padre es nuestro, el pan también es de todos, hay que repartirlo: “Dadles vosotros de comer” (Mc 6,37). Quien se adueña del pan, pierde la filiación.