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El capítulo 11 del evangelio de San Juan está elaborado con una teología muy depurada. Llevo años meditando y escribiendo sobre este tema y cada vez que me acerco a él (como supongo le sucede a más de un creyente), me invade el misterio hasta apenas poder pronunciar palabra. Sabemos que San Juan puso mucho de su puño y letra al redactar este milagro, que desconocen los otros evangelistas.
No es fácil encontrar la clave para la comprensión de esta narración ¿De qué habla San Juan, de la resurrección o de la reanimación de un cadáver?
Si se trata de la resurrección, Lázaro no pudo volver a morir; si se trata de una reanimación, Lázaro pasó por el trance de la muerte, dos veces. En esta segunda hipótesis ¿Jesús aparta a su amigo de la presencia de Dios, porque siente pena? ¿En qué consiste tal pena, si Él sabe que su amigo es feliz al estar con Dios? ¿Por qué llora al ver que ha muerto, si, previamente, se ha quedado dos días más, antes de ir a Judea, precisamente para esperar la llegada de su muerte? Por otra parte, ¿Cómo hablar de la resurrección de Lázaro, si Jesús todavía no ha resucitado?
Sin embargo, no podemos obviar que cuando San Juan escribe su evangelio, Jesús había resucitado hacía aproximadamente 70 años. No queremos cuestionar más al lector, aunque podríamos dedicar toda la reflexión a formular interrogantes.
La resurrección es así, hay que verla desde la fe ¡ésta es mi pretensión! El evangelista nos avisa: “Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él” (Jn 11,45) Muchos, es decir, no todos, ¡no todos vieron! ¿Por qué? Si lo que vieron es la reanimación de un cadáver, la vieron todos. Si se trata de la resurrección… Y va a ser este hecho, a diferencia del resto de los evangelistas, el que, según San Juan, lleve a Jesús a la cruz (Jn11,47ss).

Paradójicamente Jesús muere por dar la vida, por revelar que la muerte no existe.