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La Navidad, para algunos, es alegre cuando en la mesa hay suficientes viandas para llenar el estómago… pero eso no es Navidad.
La Navidad es, junto a la resurrección, el alfa y omega del creyente cristiano. Aquella singularidad que aconteció hace veintiún siglos, aquel milagro del nacimiento del Hijo de Dios, seguirá siendo motivo de felicidad si hoy se revela a través de la fe, y experimentamos, vivencialmente, que sigue realizándose en cada persona que nace.  Hoy, como entonces, todos llevamos dentro a ese niño/niña que precisa de amor. La experiencia de ser hijos de Dios es tan novedosa ayer como hoy. ¡PARIR AL CRISTO QUE LLEVAMOS DENTRO! es ser la Iglesia  (comunidad humana), que junto a María, supo ver Lucas en su particular pentecostés. El “fiat” de María a la llegada del niño Dios, es el del cristiano que se abre cada día a la Buena Nueva (Evangelio) de una creación que espera, y la Navidad es esperanza cuando el amor llena, no sólo la mesa de los hogares, sino el corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Jesús de Nazaret nació hace 21 siglos, pero el Cristo sigue naciendo en aquellos que dan de comer, de beber, dan consuelo, escuchan, socorren, visitan, en definitiva, aman. Éstos siguen naciendo de lo alto (Jn 3,7). Éstos, como indica el evangelista Juan, no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios (1,13).
Por supuesto que es más fácil creer que esto ocurrió en el pasado, que vivir la experiencia de que algo tan singular sigue ocurriendo en la historia con cada nacimiento. Sólo así la Navidad, año tras año, seguirá siendo revelación y Buena Nueva.
Feliz Navidad a todos.