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En estos días pasados, hemos oído decir al Papa en la homilía del día de Epifanía que “en su largo viaje del alma en busca de Jesús de Nazaret, los Reyes Magos representan a los hombres y mujeres que buscan a Dios en las religiones y filosofías del mundo entero”.
¡Qué gran verdad! Los Reyes o astrónomos de aquel entonces, buscaban en la lectura de los cielos, el acontecer de la tierra. Ellos eran sabios más allá de religión alguna. Eran en el mejor sentido de la palabra, buscadores de la verdad viajando por las profundidades del alma. Y aquel niño que no fue reconocido en su casa (nadie es profeta en su tierra), fue la luz que guió a los Magos desde tierras lejanas.
La religión es uno de los posibles caminos para buscar a Dios. Sin embargo, los Magos de Oriente estaban buscando a Dios, más allá de religión alguna. Ellos, como dice el Papa, en su largo camino del alma fueron al encuentro de lo inefable. Y nos mostraron, sin pretenderlo, que para encontrar a Dios, hay que volverse virginal e inocente como un recién  nacido.
Son los extranjeros (Magos) de aquella religiosidad judía, los que ven la verdad que está ocurriendo en la historia. Los Magos son portadores de la fe y a partir de ella buscan la verdad. Ellos no conocen la religión de Israel ni al niño que está naciendo. Ellos simplemente buscan, y aunque en su viaje a veces pierden el camino, prosiguen hasta encontrar explicación a sus humanas inquietudes.
Y ayer como hoy, la verdad sobrepasa la imaginación del buscador. Los Magos, como hijos de su tiempo, tratan de encontrar en las alturas del firmamento la explicación de lo que pasa aquí abajo. Y la explicación está en descubrir la pequeñez de este mundo ¿Dónde?, en su mayor grandeza: la explicación del misterio que nos rodea se encuentra oculta en nuestra propia humanidad. Treinta y tres años más tarde, Jesús revelará en esa humanidad que muchos habían abandonado, al Dios que seguían buscando más allá de las estrellas. Los Magos, al margen de la religión que profesaran, como bien recuerda Francisco, y lejos de la grandeza del cosmos, que era la brújula que les guiaba, viven la experiencia de la divinidad, en la fragilidad de un niño recién nacido.
¡Cuán hermoso es el lenguaje teológico! Cuando San Mateo recompone sus dos primeros capítulos, posiblemente tenía en mente la conjunción planetaria ocurrida 7 años a.C. Y este acontecimiento nada común, ocurrido en la constelación de Piscis, le pudo servir a Mateo para explicar el comienzo de su evangelio (el pez que representa a Piscis, fue símbolo del cristianismo, posiblemente por esta razón y porque las letras que componen en griego la palabra pez (si lo recuerda el lector), son: Jesús-Cristo-Hijo de Dios- Salvador).

La historia siempre es el papel sobre el que se escribe la teología. No es posible alcanzar este lenguaje, sin la base sobre la que imprimir el texto; pero el texto, al ser palabra de Dios, trasciende todo tiempo y lugar. Así hemos de trascender el hecho de los Magos, para alcanzar el mensaje que encriptado (revelado), es válido para cualquier caminante que se encuentre en búsqueda de la verdad.