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Esta frase nos acerca a las vivencias del Jesús de la historia, al Jesús que confesamos Hijo de Dios porque proclama que el Reino ha llegado, en virtud de que se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Mt 7,22). El Evangelio revela especialmente la humanidad querida por Dios desde los orígenes. Y es en esa humanidad (Jesús), donde se va a revelar la divinidad.
La máxima expresión-revelación de Dios, es el hombre, por tanto, si creemos en él, no podemos despreciarlo. “Si quieres ser la Iglesia de Dios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo demás viene después”. Esta frase es del Papa emérito Benedicto XVI en su obra sobre Jesús de Nazaret.
Mateo, en esta lectura, nos recuerda que son las buenas obras las que glorifican al Padre. El Reino de Dios y la glorificación de su nombre, que rezamos en el Padre Nuestro, se actualizan en nuestro mundo cuando trabajamos, cada uno con los talentos que Dios le haya dado, por el pan nuestro de cada día. El Reino llega en tanto y cuanto repartimos el pan.
Cuando Pablo en la carta a los Corintios anuncia al Jesús clavado en la cruz (Cor 2,1-5), el cristiano del siglo XXI, tiene que actualizar esa imagen en las necesidades que hoy tenga nuestro prójimo (prójimo no es únicamente el que está cerca de mí, sino aquél a quien yo me aproximo). La gloria del creyente no está en conseguir una vida eterna, sino en luchar día a día por una vida más justa, sólo así se experimenta y revela en el tiempo… la eternidad. Quien trabaja por erradicar el hambre y la sed de justicia, se revela como luz ante la oscuridad, como la sal que alegra los alimentos.
Amar, en arameo, es hacer el bien. Y de Jesús, tanto creyentes como no, siempre han dicho que fue un hombre que pasó haciendo el bien. SI no encarnamos este mensaje, el pan no es nuestro, sino de algunos, y, por tanto, el Reino de Dios sigue sin ser de este mundo.