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Pablo de Tarso, discípulo de uno de los sabios de entonces, Gamaniel, judío y ciudadano romano, buscador de la verdad se convirtió al cristianismo a fuerza de perseguir a los cristianos.
Con palabras del Papa emérito Benedicto XVI: “San Pablo se encontró antes con la Iglesia que con Jesús” Un hombre celoso de su creencia, comprobó que sus credenciales para perseguir cristianos (posiblemente fue quien encarceló a Esteban y ordenó su lapidación), le llevaron a comprender la creencia de aquellos hombres que formaban las primeras comunidades cristianas. Y un día de aquellas persecuciones, a las puertas de Damasco, el hombre que creía conocer las Escrituras y ver la verdad, ante los cristianos, se quedó ciego, es decir, se cayó del caballo (hoy diríamos se apeó del burro). Y al caer de las creencias que había sostenido hasta ese momento (caída que le duró cerca de veinte años), se encontró con Cristo: “¿Pablo por qué me persigues”? Ciertamente que él había perseguido a los cristianos (Iglesia), pero Jesús se identifica con la comunidad a la que persigue el Apóstol: Iglesia (en cuanto comunidad de creyentes) y Cristo, son una misma realidad.
Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles (al comienzo de la era cristiana este libro formaba parte de su evangelio), explica en su teología que la ceguera de Pablo desapareció al cabo de tres días (cifra simbólica que representa a la divinidad en los textos bíblicos), precisamente cuando esa Iglesia a la que ha estado persiguiendo acude a su encuentro a través de Ananías (Hch 9,9ss) y acoge al converso. Asumir a la divinidad (tres) y ser acogido en la comunidad, nuevamente se identifican en la conversión. Por esta razón Lucas revela que Pablo vio la Verdad. El que creía ver…se queda ciego y es en ese tiempo divino (los tres días que pasan desde el encuentro en Damasco y la acogida de Ananías), que comienza la “metanoia” (cambio) del Apóstol y comienza a ver lo que, a partir de ese instante eterno (cada instante vivido siempre es eterno), va a ser la revelación de la Nueva Buena” en su vida que, por estar fuera del tiempo (Cristo) llega hasta nosotros con la misma fuerza (Espíritu) de entonces.