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Es habitual oír a cristianos convencidos, que en la actualidad existe una pérdida de religiosidad en nuestro mundo occidental. Dado que no hay mayor mentira que una verdad a medias, y puesto que la ciencia psicológica nos confirma que el mundo es para nosotros, no como realmente es, sino como lo percibimos, bueno es hacer una breve reflexión al respecto.
Reflexión pensando en los educadores, especialmente en los profesores de religión y en los sacerdotes a la hora de proclamar el Evangelio en las homilías dominicales.
En todas las profesiones se exige, hoy más que nunca, un reciclaje de lo aprendido en la universidad. Con los educadores en general se va imponiendo día a día esta necesaria puesta a punto. No así entre los sacerdotes ¿Por qué?
La pasada semana oí en una homilía que el libro del eclesiástico formaba parte de la Torá, cuando, de hecho, ni siquiera entra en el canon judío y por supuesto, nada tiene que ver con la Tora, siendo su fecha de composición el siglo II a.C. El naciente cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, lo usó especialmente para la formación de los catecúmenos, es definitiva, nada que ver con el Pentateuco.
Este ejemplo es uno de los muchos que podíamos dar. No podemos quejarnos de la falta de fieles a nuestras Iglesias, si en ellas (por supuesto que hay sacerdotes muy preparados y toda generalización es incorrecta), se oye al terminar la eucaristía: ¿Qué ha dicho el sacerdote? ¿Has entendido algo? Me he dormido en la homilía, etc.
Si malo es equivocar textos, peor es usarlos sin decir nada. El Papa ha dicho a los sacerdotes “Para realizar una homilía eficaz es necesario estructurar el discurso en una idea, una imagen y un sentimiento” “No espanten al pueblo fiel de Dios por favor, no pierdan el tiempo… hablen de Jesús, del gozo de una fe…de la revolución de la bienaventuranza. La Homilía es poner lo mejor de mí para que el Espíritu hable, para que toque el corazón”. Es un lenguaje positivo. No es tanto prohibitivo, es sencillo”
Si el amor y el perdón es la base del Evangelio, no se puede amar sin estar viviendo conforme a los signos de los tiempos. Para amar algo, hay que renovarse constantemente, tanto en el sacerdocio, como en el matrimonio, como, de hecho, en la vivencia de cualquiera de los sacramentos.
Esta vivencia, impregnada de amor crea empatía entre orador y oyente ¿Cómo crear empatía en la homilía de la consagración de cierto obispo, que estuvo explicando durante media hora, el amor que sentía por María, madre de la Iglesia, si tenía enfrente a su propia madre y no le dirigió una sola palabra en tan importante acto de su vida?
Todas las personas que se dirigen a un público para comunicar una idea, lección o doctrina, lo menos que se les debe exigir, primeramente, es conocimiento actualizado de lo que se vaya a exponer y en segundo lugar, y como hemos apuntado, saber generar empatía con el auditorio, porque por muy bien que se conozca la asignatura o ponencia, si no se sabe transmitir, más vale permanecer callado.
La mínima exigencia para el que desea transmitir algo, comienza porque el transmisor ha de creer en lo que dice, ha de vivir lo que expone, No valen las fórmulas aprendidas. Más importante que dar respuestas, que en la mayoría de los casos nadie ha solicitado, es provocar preguntas. El mejor ejemplo es el sistema parabólico que usó Jesús en el Evangelio.
Y el que tenga oídos para oír…