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Hemos oído estos días la lectura del Evangelio, sobre la controversia en la que herodianos y fariseos tratan de envolver a Jesús. Me refiero a la polémica de si era o no lícito pagar tributo al César.
La pregunta, como bien anuncia el Evangelio, era altamente comprometida, pues si decía que sí era licito, iba contra la liberación que quería el pueblo, que se veía oprimido por los romanos, pero a su vez, si decía que no, iba contra las leyes establecidas por el poder.
En definitiva, la encerrona estaba bien urdida. En esta reflexión, trataremos de analizar la respuesta de Jesús, 0bservando, a su vez, lo que los evangelistas parecen querer revelarnos.
Jesús, en el Evangelio, habla de liberación. XXI siglos después de su proclamación, sigue teniendo una actualidad social innegable. Ante esta liberación, la moneda del Cesar no se muestra en este pasaje como el trueque necesario para la compra y la venta, sino como servidora del impuesto.
El impuesto es algo que se impone por ley. El mensaje de Jesús no va contra las imposiciones legales, pero sobrepasa la ley al estar fundamentado en el amor.
El hecho de que los tres evangelistas que recuerdan este episodio, recalquen el valor del denario, no como uso común de una economía de mercado, sino como tributo o impuesto, es digno de tenerse en cuenta.
Para Jesús, simplemente, aunque esté dentro del marco de la ley, lo que se impone no es lícito y ello está mostrado en su mensaje: somos hijos de Dios, y como tales, libres. El mensaje de Jesús, no va por el camino de la libertad que emana de la ley, sino por el de la auténtica liberación que va más allá de política alguna: va al centro de cada corazón humano, y es desde ese centro, que cada persona ejercerá la política conforme a su propia libertad.
De ahí que ante el impuesto, Jesús responda que si la moneda ha sido aceptada por la sociedad, ha de ser devuelta a su legítimo dueño; observemos que no dice que se pague el tributo, sino que se devuelva al César lo que es del César, añadiendo seguidamente que a Dios lo que es de Dios, y el pueblo de Israel, conviene no olvidarlo, no era del César, sino de Dios.
Ante esta respuesta, solo la sabiduría de los doctos que hacen la pregunta llegaron a comprender el doble lenguaje de Jesús, pues si daban a Dios lo que era de Dios ¿qué le quedaba al César? ¡Nada! No es de extrañar que ante tal respuesta digan los evangelistas que los fariseos y los herodianos quedaron maravillados.
No obstante, este episodio, va más allá, pues Dios no tiene imposición alguna, por esta razón, se contrapone el impuesto de la moneda, frente a la carencia de imposiciones del Evangelio. Donde el César impone con su moneda, Dios propone con su amor y su perdón.
Así debieron de comprenderlo los evangelistas cuando hablan de la moneda como tributo al emperador. El tributo de Dios es amor, simple y llanamente amor al prójimo, sin imposición alguna.
El Evangelio y su proclamación, se encuentra en un ámbito al que la ley no puede llegar. La exigencia evangélica va más allá de ley alguna, de imposición alguna (aunque sea democráticamente aceptada), la exigencia evangélica brota de la libre y amorosa confesión de fe del creyente.
Estos dos caminos, el de la ley y el del amor, no se excluyen, más bien se complementan. Pero el mayor error está en equivocarlos. Especialmente en los propagadores del Evangelio. Los fariseos y herodianos, estaban interpretando religión y bien común conforme a sus personales intereses ¿Estaremos haciendo hoy lo mismo?