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Hoy, como entonces, existen creyentes que equivocan el bautismo de Juan con el de Cristo. Cierto que tanto el bautismo cristiano como el del Bautista, se representan a través del agua, tal y como era costumbre en la antigüedad.
Hoy deseamos reflexionar sobre el bautismo de Juan, ya que fue el motivo de las lecturas de la eucaristía del domingo 8 de enero. Los pasajes evangélicos son bastantes elocuentes. Marcos lo narra, pero, le resulta tan extraño, que inmediatamente explica la teofanía (Mc 1,9-11). Mateo, que dirige su evangelio a los judíos, necesita intercalar el motivo de este bautismo “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti” (Mt 3,13-17). Lucas, curiosamente, encarcela a Juan antes de que Jesús fuera bautizado ¿Quién lo bautizó? (Lc 3,19-22), ciertamente que el Bautista, no. El evangelista Juan, simplemente, omite el bautismo y narra en tercera persona la teofanía, resaltando la necesidad del testimonio (exigencia de aquellas comunidades cristianas del inicio del siglo segundo d.C.) Conclusión: el bautismo de Jesús por Juan trajo muchos problemas a las primeras comunidades cristianas, por tanto, nos encontramos ante un hecho real, que jamás se habría inventado la naciente Iglesia.
Jesús, en cuanto hombre, asumió el pecado colectivo de Israel, como Esdras o Nehemías, aunque éste, no fuera su pecado personal. Pero Jesús, como Juan Bautista, tenía que asumir la necesidad del cambio (“metanoia”). Los evangelistas, cada uno a su estilo, reclaman la necesidad del cambio. No se puede ser cristiano, si previamente no se está dispuesto a cambiar. Zacarías, el padre del Bautista y como hoy muchos cristianos, tampoco entendía la necesidad del cambio. Así el hombre de Dios que por ser sacerdote predicaba con la palabra, cuando tiene una experiencia de Dios (el día que le tocó en suertes entrar en el templo), se queda mudo (Lc 1,5-22).
Juan, tampoco comprende la actuación de Jesús: “¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Lc 7,19). Cristo sobrepasa cualquier posible cambio. El Evangelio o es constante novedad o no es “Buena Nueva”. De ahí que antes de vivirlo sea preciso querer cambiar. Este cambio o “metanoia” es el que representa Juan con el agua, donde el neófito, al salir del líquido elemento, representa el cambio interior que reclama el bautista para entrar “virgen” en la nueva economía de salvación. Pablo, diríamos hoy, se apeó del burro (la caída del caballo también es una metáfora que nunca existió). Pablo era un erudito de las Escrituras, pero al encontrarse con la divinidad (el Resucitado), le ocurrió igual que a Zacarías, tuvo que cambiar su vida, sólo así Cristo, sigue actualizándose en cada creyente.
De ahí que digamos con Pablo que es preciso “renovar el espíritu de nuestra mente” (Ef 4,23). Quien está dispuesto a cambiar podrá posteriormente asimilar el bautismo del Espíritu que Cristo nos propone y con el evangelista Juan observar la teofanía que es un adelanto de la resurrección. Pero ayer, como hoy, hay que tener “ojos” para verla y proclamar: “Y yo lo he visto y doy testimonio…” (Jn 1,34).
Cada evangelista nos muestra su visión de Cristo. Marcos, Mateo y Lucas, desde abajo, desde el hombre, de ahí que nos muestren una sinopsis (se les llama los sinópticos) de la vida de Jesús; Juan desde arriba, desde la divinidad. De ahí que él omita el bautismo ¿acaso Dios puede ser bautizado? La experiencia de Dios más que para ser explicada, es para ser vivida. Y el bautismo de Jesús representa una forma de entender la necesidad del cambio de todo creyente. Cambio al que se sometió Jesús durante toda su existencia. Este sometimiento a la constante “metanoia” del ser humano, es el que representa el bautismo de Juan.
El pasaje de este bautismo nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Los cristianos en la actualidad, vivimos instalados en nuestras creencias, o estamos dispuestos a cambiar conforme a los signos de los tiempos? (Mt 16,3).