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¿Deben los creyentes huir de las tentaciones porque son malas? Antes de responder a este interrogante, observemos las diferencias que existen entre los evangelistas al mencionarlas en sus textos: El tentador que en el A.T es Dios (Dt 8), en el N.T. es Satanás (Mt 44,1); Marcos, no enumera tentación alguna, ¡son tantas en cada vida!(Mc 1,13); él y Lucas indican que Jesús fue tentado durante cuarenta días (Lc 4,2); Mateo señala que fue tentado únicamente al final (Mt 4,2) y su teología retorna al pasado de Israel; la de Lucas, contrariamente, se dirige hacia el futuro (historia universal). Las diferencias pueden ser extremadamente sutiles: la segunda tentación de Mateo (Mt 4,5), Lucas la sitúa en tercer lugar (Lc 4,9); el plural de las piedras y los panes de Mateo (Mt 4,3), se convierte en un singular en Lucas (Lc 4,3); Mateo, tras las tentaciones, abandona al diablo; Lucas le vuelve a dar protagonismo al final de su obra (Lc 22,3); la visión de Mateo es desde un monte muy alto (Mt 4,8); en Lucas se convierte en una altura con visión fantasmagóricamente instantánea (Lc 4,5), etc. Estas diferencias retratan la particular teología de cada evangelista. Aquí, una vez señaladas, nos limitaremos a reflexionar sobre el significado bíblico de la tentación, dejando al lector las pistas enunciadas para, si lo estima conveniente, meditarlas desde su particular vivencia.
La respuesta a la pregunta inicial: ¿Deben los creyentes huir de las tentaciones porque son malas? es la siguiente: no, porque las tentaciones son amorales. En la Biblia, tentar algo, es sinónimo de conocer. Cuando tentamos un objeto o un sujeto, nuestro cerebro traduce (aprende) lo que estamos tentando o tocando. Jesús como hombre fue tentado durante toda su existencia y gracias a este constante aprendizaje “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia…” (Lc 2, 52). Dicha existencia, como reiteran los evangelistas, queda simbolizada con la cifra 40, que era con la que la sociedad hebrea representaba los años de una generación, sea la de los 40 días del diluvio, la de los 40 años de Israel en el desierto, o los 40 años del reinado de Salomón (2Re 12,42), aunque, de hecho, los años cronológicos fueran otros. Asimismo, la palabra “desierto”, tal y como menciona Marcos, es sinónimo de soledad, interioridad (Mc 1,35.45; 6,31s). Por tanto, Jesús fue tentado en su desierto (interioridad –Os 2,16-) durante toda su vida ¿Dónde está la maldad de este conocimiento? En ninguna parte; el ser humano, necesita de un constante crecimiento, que se adquiere, bíblicamente hablado, a través de la tentación (conocimiento, así, “conoció el hombre a Eva, su mujer” -Gn 4,1-). Por supuesto que este saber nos puede conducir, en virtud de nuestra libertad, a obrar erróneamente, pero la culpa no es del saber, sino del mal uso que hacemos de él. Mateo y Lucas enumeran tres tentaciones: alcanzar la seguridad material, religiosa y política. Lamentablemente, hay cristianos que tienen, como objetivo en sus vidas, igual meta. El Papa emérito avisa en su libro Jesús de Nazaret que este error, si cabe, es peor en el ámbito religioso, donde se pretende alcanzar una perenne certidumbre al pensar que, “el lugar más seguro para el creyente, es el recinto sagrado del Templo” (pg. 59). Un camino equivocado en el que sucumbió Israel, y venció Jesús. La meta de la religión no es dar seguridad, sino servir de vehículo donde exponer el misterio que somos y nos remite a Dios. Si es así con el ámbito espiritual, sobra comentario alguno con el material y/o político. El conocimiento (tentación) de estos ámbitos no es malo, dedicar la vida a ellos como fin último, sí, porque igual que entonces, hoy, el hombre sigue sin estar hecho para el sábado (sitúe el lector en este día todos los objetivos, incluidos los sagrados) porque su meta, según el Evangelio es Dios… en el otro.