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En cualquier caso, si perdemos esta dinámica original, nos encontramos con el absurdo de pedir a Dios que nos perdone de la misma manera que nosotros perdonamos. Confío que no nos haga caso, si no, ¡estamos apañados! Por otra parte, reitero que es un exceso de orgullo, pensar que podemos ofender a Dios ¿acaso podría ofender un bebé a su madre por llorar? Si así fuera, pobre madre. Dios, en todo caso, según Cristo, se siente ofendido, en el bebé, si no lo cuidamos cuando sufre.
Finalmente, podemos señalar que la oración nos acerca al Jesús de la historia, pues acaba la misma con una petición conforme a la época apocalíptica que vivía el judaísmo del siglo I de nuestra era. Los estudios que se siguen realizando con los documentos encontrados en las cuevas de Qumrán, confirman esta tesis. Todos esperaban la prueba final. Así hay que comprender la actitud y retiro voluntario de los esenios y especialmente el comportamiento que en el evangelio tiene Juan el Bautista, cuando observa que Jesús parece ir por otros derroteros.
Efectivamente, si bien al principio Jesús se encuentra entre los discípulos de Juan, posteriormente comienza a tener sus propios seguidores. Juan no comprende: El hacha y el fuego del Bautista (Mt 3,10), pasan a convertirse en el perdón del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32). Con palabras de Benedicto XVI, es necesario dejar atrás la concepción del Dios justiciero para dar paso al Dios misericordioso: “… por la superación del Dios del juicio inminente por el Dios actual de la bondad” (Jesús de Nazaret, II, pg.142). Semejante locura es inadmisible. Juan duda: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Nuevamente Jesús rompe los cánones de la historia. Su respuesta es lapidaria: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6). El silencio de Juan el Bautista a estas palabras de Jesús, es extremadamente sonoro ¿Qué pensaría?
La oración del Padre Nuestro, no es una oración más. Es una vivencia de la divinidad que nos acerca al hermano… si queremos sentir a Dios como Padre. Es una vivencia de la humanidad según la sentía Jesús. Las tres primeras peticiones se dan cuando cumplimos las tres segundas y viceversa. Cielo y tierra quedan unificados. El A.T. queda superado. Juan el Bautista, el hombre más grande nacido de mujer (Mt 11,11a), no comprende ¿Comprendemos nosotros? Nosotros, que creemos pertenecer al reino de los cielos (Mt 11,11b).
Cada vez que rezamos el Padre Nuestro debemos tener conciencia de que Jesús ha elevado a la humanidad hacia Dios, de forma que su Nombre y su Reino llegan cuando el creyente colabora a través del necesitado de este mundo, es decir, cuando hace que ese Reino llegue al que, por no tener, no tiene ni el pan al que tiene derecho cada día, pues Dios siempre se lo ha dado, no ya a los hombres, incluso las aves del cielo tienen derecho a él (Mt 6,25s). Por tanto, si existe un ser humano que no tiene pan, es porque alguien se lo ha robado. No se puede pedir perdón a Dios, si previamente no hemos atendido a aquellos de los que nos sentimos deudores, devolviéndoles lo que les pertenece y perdonando a los que nos deben. Y es que para Cristo y para el cristiano, no hay otro mundo, hay éste, pero transformado. Recordando al añorado profesor Ruiz de la Peña: el otro mundo es el mismo, aunque no es lo mismo.