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El pan que pedimos es el de cada día. Esta fórmula peticionaria, según Orígenes, Padre de la Iglesia que vivió entre el siglo segundo y tercero d. C. jamás había sido expresada con anterioridad al cristianismo, dato que nuevamente nos acerca, según el mencionado criterio de discontinuidad, al Jesús que vivió en el siglo primero de nuestra era.
El pan, tanto el material como el espiritual (“No sólo de pan vive el hombre…” –Mt 4,4-), es dado por Dios cada día, por ser padre. Nosotros lo aceptamos y con el otro lo partimos; desde ese instante el otro y yo somos con-paneros, compartimos el pan (compañeros). Así, el nombre se santifica cuando llega el reino, y el reino llega cuando hay pan para todos. Se observa como las tres primeras peticiones van apareciendo concatenadas con las tres segundas.
Desde esta dinámica de la historia, pedimos perdón a Dios; perdón que no podemos alcanzar dada la distancia entre lo finito y lo infinito, pero que nos viene dado como gracia desde la filiación. Sabernos hijos de Dios nos hace descubrir en la humanidad una nueva hermandad. Esta hermandad, a su vez, nos permite comparar nuestra deuda con el Padre, por el don recibido (jamás porque podamos ofenderle), con la que tiene nuestro hermano con nosotros. Es entonces cuando, conscientes de la deuda que tenemos con el Padre, en virtud del don de hacernos hijos suyos, perdonamos a nuestro hermano. El sentirnos perdonados previamente nos hace perdonar las ofensas de nuestro prójimo.
Las palabras deuda-deudores, no fueron usadas anteriormente en griego dentro de una oración, pero sí en arameo. Este dato también nos acerca al Jesús de la historia. Lástima que hayamos perdido en castellano esta tradición al cambiar el binomio deuda-deudores por el de ofensas-ofenden ¿A quién tratamos de ofender? ¿Pretendemos desde nuestra finitud, ofender el infinito de Dios? ¿Por qué tenemos un orgullo tan grande? Que el creyente responda desde su particular vivencia de Dios, a estos interrogantes.