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Las vacaciones han terminado. Dicen que las vacaciones son un bien merecido después de un año de trabajo. La verdad es que corren tiempos en los que estar un año trabajando es un bien reservado a los privilegiados. Hoy la gran mayoría de los que están obligados a “veranear” en casa desearía merecer un trabajo durante el año.
Hemos pasado del trabajo como castigo, al trabajo como bendición, como opus. La diferencia entre trabajo y obra consiste en que el primero tiene connotaciones negativas. Cuando el trabajo realiza al ser humano, se convierte en opus; como una obra musical, que jamás será onerosa para su creador; por muy laboriosa que sea la partitura, siempre será creación positiva. Si en estos momentos tuviéramos que reescribir el Génesis, interpretaríamos teológicamente las obligadas vacaciones, como un castigo por el mal realizado, y el trabajo como la obra de Dios. Los sentimientos siendo los mismos, no lo son las expresiones que los contienen. De ahí que la historia de la humanidad, como de hecho enseñan los textos bíblicos, haya que estar reescribiéndola y reinterpretándola constantemente (aunque haya "creyentes" que prefieren la inmovilidad. Es muy importante aprender esta lección que nos muestra la Biblia.
Partiendo de esta reflexión que es, a su vez, realidad social, preguntémonos ¿por qué la experiencia mística o religiosa del ser humano, no se expresa con lenguaje actualizado? Si hay trabajo, a través de él, ¿qué no lo hay?, a través del descanso. Siempre y en todo momento, lo importante es el espíritu que deseamos transmitir. Por esta razón Jesús, en el momento que le tocó vivir, dejó constancia de que la letra mata. La letra mata y sigue matando.
Esta verdad recorre la historia hasta nuestros días. El problema de lo que llamamos falta de fe no es otro que el no saber reencontrar la religiosidad que ha hecho posible la creación de la religión. Para muchos cristianos es más importante la religión (letra), que la religiosidad (espíritu). De vez en cuando llegan los místicos para deshacer el entuerto. Las religiones son caminos, a través de la historia, en los que transita la religiosidad. Los místicos siempre han ido campo a través; son la excepción que confirma la regla. Hay una frase que suele repetirse dentro de la fenomenología y sociología de las religiones: el que no tenga nada, que al menos tenga religión.
La religión es la letra de la partitura, el opus sobre la que va desgranándose la comunicación. Lo importante es captar la musicalidad, el espíritu, que la hace posible. La religión es la barca que va navegando en el rio de la vida. Por tanto, su importancia es vital, siempre que no equivoquemos el medio de transporte con el destino. La barca, para la cristiandad, es la Iglesia en la que seguimos todos, a pesar de los envites del oleaje; desde los tiempos del evangelio estamos intentando cruzar el río de la vida: “pasar a la otra orilla”. A veces, Cristo parece seguir durmiendo, pero el problema ayer como hoy, es que seguimos creyendo que no tenemos fe. Y así, es difícil transmitirla (Mt 8,23-34).
A esta dificultad, hay que añadir otra, que a veces nos pasa inadvertida: pretendemos avivar la fe que nos viene dada, con más frecuencia de la que sería de desear, con un lenguaje incomprensible para el mundo actual. La fe debe ser expresada, a través de la creencia, con lenguaje vivo. Jesús usaba el lenguaje parabólico, para obligar a reflexionar a sus oyentes. Pero sus ejemplos estaban sacados siempre, de la vida real, de las vivencias de cada día. Y es que la religiosidad es vida o, simplemente, no es.