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Hoy vamos a reflexionar sobre el mal, partiendo de las ideas que al respecto ha desarrollado una de las personas más relevantes dentro del saber teológico español; me refiero al profesor Andrés Torres Queiruga. Él, además, es gallego, y por tanto, no podemos evitar cierta querencia hacia sus enseñanzas que, para este humilde teólogo, vienen de muy lejos a través de sus libros. Ahora, nos propone meditar sobre el problema del mal. “Repensar el mal” (título de uno de sus trabajos) es una necesidad en un mundo, que por su finitud, es cambiante. El mal es un problema humano, no es un problema religioso. No obstante y dado que todo problema humano interesa a la religión, la Biblia tratará de dar su respuesta. Mi paisano (déjeme el lector que presuma, yo nací en Viveiro, aunque vivo en Madrid), como buen gallego, al darnos unas respuestas, nos crea otros interrogantes ¡me gusta! Así, en su finitud, como la de este mundo, nos sigue abriendo las puertas del infinito.
Hace muchos siglos, la escuela de sabios, integrados en el libro de Job, también tuvieron parecido dilema: ¿Hay mayor mal que el sufrimiento del inocente? El sabio de entonces no pregunta por el origen del mal, cuestiona a Dios por permitir el sufrimiento del justo. El mal estaba ahí, esta realidad era incuestionable para el que no seguía la norma de Yhavé, pero era incomprensible para el seguidor de su Ley. Job, que de paciente no tenía nada, léase el libro para comprobarlo, cuestiona el motivo del sufrimiento para aquél, que como él, es cumplidor de los preceptos divinos. Después de una larga reflexión, que le lleva a una constante rebeldía contra esta injusticia, aumentada por el “silencio” de Dios, finalmente, llega a una conclusión similar a la del profesor Andrés: “Era yo el que empeñaba el Consejo con razones sin sentido” (Job 38,2; 42,3). Expresando las ideas del profesor: Hay razones sin sentido como la cuadratura del círculo o tratar de dividir una clase en tres mitades. Interrogando a Dios con preguntas imposibles, nunca podremos tener respuestas. El mal no está originado en Dios, es inherente a un mundo finito. Preguntar por qué existe el mal en el mundo es como cuestionar a Dios el motivo por el cual, el círculo no es cuadrado.
¿Dónde está la solución al dilema? Dado que lo finito es, por naturaleza, imperfecto, y en la imperfección siempre habrá opciones mejores y peores, el mal no podrá desaparecer en tanto exista el mundo. La Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, trata de responde a esta angustia existencial ¿Cómo? Dios salva y sigue salvando al introducir en la finitud del mundo, el Amor. Esta experiencia, que es Vida, sólo se conoce cuando se vive. Job, cuando experimenta en su existencia este Amor, a pesar de todo lo que le va ocurriendo, comprueba, además, que nada le es imposible a este Poder total (Job 42,2), y entonces exclama: “Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42,5). Asumiendo lo finito (polvo y cenizas) intuye el infinito.
El mal es propio a la naturaleza de lo caduco y por tanto inherente a nuestro mundo finito. Este mundo finito, carece, choca con otras realidades finitas ¿Quiere esto decir, que Dios quiere el mal? No, Dios se preocupa por el sufrimiento constante que provoca el mal, dentro de ese mundo y pone a disposición del ser humano, desde el Paraíso (lugar al que tendemos y no del que salimos), el Amor recibido que al darlo, salva. La respuesta a esta contingencia necesaria, al menos desde la teología, es la salvación prometida por Dios, a través de la historia de Israel y plenificada en Cristo con su humanidad. Y decimos y repetimos, a través de su humanidad, ya que, paradójicamente (y por ello la respuesta de Andrés, que hago mía, crea, a Dios gracias, nuevos interrogantes), es en la aceptación de lo finito que hay que asumir (muerte) y en la colaboración con un Dios Amor, evitando la pobreza, la esclavitud, la injusticia, en definitiva, la falta de amor, en donde hayamos la eternidad (resurrección).
Job no puede quitar el mal que genera tanta injusticia, y menos cuestionar a Dios por su existencia, ya que es “una razón sin sentido”, Job y el cristiano de hoy, tienen que amar. Amando nos unimos al Amor y en él, a pesar del mal necesario, estamos salvados. Esta experiencia de la salvación está más allá del tiempo y es precisamente en la aceptación de esta finitud donde somos rescatados por el infinito.