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La comunidad cristiana nació en medio del escándalo (la cruz), desafiando las estrechas lecturas que se hacían de las Escrituras. Jesús nos enseñó que no debemos dudar en interpretarlas conforme a los signos de los tiempos. Los inmovilistas de entonces, le tacharon de comilón, borracho, amigo de gente de mal vivir y de pecadores (Mt 11, 19). ¡Es más!, su comportamiento con las mujeres, iba contra el proceder de los rabinos, de ahí que el cristianismo fuera tachado de religión de féminas. Esta descalificación ha seguido actualizándose con más frecuencia que la que fuera de desear, contra el creyente que, siguiendo el ejemplo de Jesús, ha preferido proclamar: “Habéis oído que se dijo… pues yo os digo” (Mt 5, 38), que seguir instalado en la inmovilidad.
La tradición, respecto a la sexualidad en general, y a la homosexualidad en particular, ha tenido momentos de mayor templanza. No obstante, más allá del siglo XIII, la sociedad, que no la Iglesia, volvió a arremeter contra este colectivo. Cierto que la Iglesia se dejó llevar de la creciente animadversidad social. Por ello, es conveniente releer los textos de las reflexiones anteriores. Estimamos que Jesús se escandalizaría de la ortodoxia de algunos cristianos y, asimismo, del comportamiento de algunos homosexuales, aunque, posiblemente, sería más comprensivo con su orgullo que con nuestras descalificaciones. Si en Cristo no hay hombre ni mujer, sino personas, la otra sexualidad, simplemente es la misma, pero expresada de forma distinta. Y como dijo Jesús al Bautista: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6).
Antes de escandalizarnos o juzgar el comportamiento de nuestro prójimo, reflexionemos con las palabras que en la Suma Teológica (1.272 d. C) nos propone un Doctor de la Iglesia, como es Santo Tomás de Aquino, en los tiempos en los que comenzaron a arremeter, nuevamente, contra el colectivo: “Debido a las distintas condiciones de los seres humanos, ocurre que ciertos actos son virtuosos para determinadas personas, en tanto adecuados y convenientes a su condición, mientras que, para otros, los mismos actos son inmorales, en tanto inadecuados a su condición”
Santo Tomás, el Doctor Angélico, había asimilado que quien ama comprende, y que, a quien no quiere comprender otras formas de pensar y sentir la vida, van dirigidas las duras palabras de Jesús cuando amonesta a escribas y fariseos de esta manera: “¡Ay de vosotros! que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis; y a los que quieren entrar no les dejáis” (Mt 23,13). Hemos podido observar la semana anterior, que a pesar del criterio que prevalecía en las primeras comunidades cristianas, el eunuco fue bautizado por imperativo del Espíritu Santo. El Reino de los Cielos, también era para él, es más, sin él, no sería posible el reino anunciado.
Seguir los pasos del Nazareno, no fue ni es tarea fácil, Él no mide al mundo por lo que ordenan las leyes, por lo que creen los eruditos que está bien o mal; Jesús trasciende siempre la legalidad; el Dios de Jesús no es el Dios del sistema que separa a los buenos de los malos. Él hace aparecer en toda su crudeza la violencia de la historia. Su medida no es la ley, es la gracia de Dios, que como don, recorre el mundo desde su alfa hasta su omega. Sólo quien se acoge a esta divina donación, puede comprender y trascender las cosas de este mundo. El teólogo X. Pikaza, lo ha expresado con estas palabras: “Desde su experiencia de gracia total, Jesús elevó una palabra de condena total contra aquellos que siguen viviendo (muriendo) en un plano de la ley” (”Antropología Bíblica”, pg. 282).
Y es que, si como anuncia Pablo, los caminos de Dios son inescrutables (Rm 11,33), puede ser que quien habla mal de un homosexual, le esté abriendo las puertas del Cielo, pues como dijo su gran amigo el evangelista Lucas, al comentar las malaventuranzas: ¡“Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc 6,26).
Por supuesto que esta reflexión no exime de su culpa a aquellas personas que intenten contaminar y pervertir a la sociedad. De hecho, esto es lo que sucedía como práctica común en la antigua Roma. Contra estos individuos, sean heterosexuales u homosexuales, fueron dirigidas todas las expresiones condenatorias de los textos sagrados y de la tradición de la Iglesia. Así hemos de comprender el catálogo de vicios que enumera Pablo en la carta a los corintios (1Cor 6,9s). La perversión en lo humano y en todas sus formas, es lo que denuncia Pablo. Ahora bien, en aquella época, era tan perverso que un heterosexual tuviera prácticas homosexuales, como que a un homosexual se le exigiera, por el hipócrita decoro de la sociedad judaica, prácticas heterosexuales.
Hoy, la tendencia homosexual comienza a ser admitida como un hecho normal en nuestra sociedad y en nuestro credo, sin embargo, ¿qué clase de esquizofrenia nos invade si, por una parte se comprende y admite la tendencia, y por otra se prohíbe la práctica? Cuando Jesús habla de los eunucos (Mt 19, 10-12), no está recriminando perversión ni censura alguna, sino constatando un hecho.
Un dato actual, que a la hora de enjuiciar las éticas es de vital importancia: en el comportamiento de las neuronas cerebrales de hombres y mujeres, se están descubriendo matices tan distintos y distantes, que ya no podemos hablar de “blanco o negro”. El principio evangélico: “Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no, que lo que pasa de aquí viene del maligno” (Mt 5,37), era válido hasta la física newtoniana, pero no al llegar la física cuántica y el principio de incertidumbre de Heisenberg. Dejemos, por tanto, que sea la ciencia la que nos vaya descubriendo las capacidades del ser humano. El cometido de la religión es otro: buscar el camino para que la fe y el Evangelio se sigan expresando a través de las nuevas realidades que están por llegar.
Desde esta red hemos querido llamar la atención sobre un problema que está sin resolver; próximamente también los haremos con la problemática de los separados y divorciados (seguimos a la espera del documento sobre la familia). Mirar hacia otro lado no es escuchar la voz del Espíritu. Millones de personas esperan, como dice el Papa, misericordia. Los conocimientos actuales sobre la homosexualidad no son los que tenían en el mundo bíblico. De ahí que pretender encontrar soluciones o respuestas en sus textos está fuera de lugar. Ellos, no obstante, y como hemos intentado demostrar, nos marcan la dinámica a seguir. Los Derechos Humanos tienen una ética más evolucionada que las leyes del Sinaí, por tanto, el conocimiento de la psicología humana actual, no puede ser medido por el que tenían en la época de los patriarcas bíblicos.
El humanismo cristiano, en diálogo con la bioética, ha de encontrar cauces en los que la dignidad de estos millones de personas deje, de una vez y para siempre, de ser menoscabada. Si todos somos hijos de Dios, ellos también, y su tendencia sexual como deja constancia Jesús, no puede ser motivo de discriminación. Hubo tiempos en los que, por nacer mujer, (genéticamente se creía que era un hombre venido a menos), se dudaba que tuviera derecho a poseer alma (año 585 Concilio de Nicea). Niños con síndrome de Down, todavía el siglo pasado, se ocultaban a la vista de los vecinos. Hoy sabemos que los que no tenían alma, eran los que dudaban que la tuvieran las mujeres, y que los llamados niños “mongólicos” de entonces (en la época de Jesús, eran endemoniados por los pecados de sus antepasados), hoy, con los conocimientos de la ciencia, pueden capacitarse para acabar una carrera universitaria.
No es mi intención comparar la problemática de la homosexualidad con los ejemplos anteriores, pero sí observar que ni religiosa ni científicamente hablando, se pueden mantener los criterios que de la homosexualidad se tenían en el pasado, ya que las causas de condenación (no engendrar), ya no existen. De continuar así, tarde o temprano tendremos, una vez más, que pedir perdón. Si todos somos igualmente dignos, como indicaba el fallecido Cardenal Martini, demostrémoslo.