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Desde la perspectiva que mostrábamos en la reflexión anterior, la homosexualidad, comienza a ser mal vista por los heterosexuales judíos, que sólo ven en ella, una libertad que al heterosexual se le ha cercenado y, lo más importante, una sexualidad que no está abierta a la procreación. Pero no fue la Iglesia primitiva la que arremetió contra el colectivo, ante bien todo lo contrario. Jesús, como recordamos, habla del homosexual con una realista naturalidad: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales, a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda” (Mt 19,12). ¡Qué difícil es entender!
Cierto que en la Biblia hay textos (¡que son los que se recuerdan constantemente!) que van en contra del homosexual: “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos” (Lv 20, 13); pero el mismo contexto, también se va contra el heterosexual: “El que se acueste con mujer durante el tiempo de la reglas… ha puesto al desnudo la fuente de su flujo…ambos serán extirpados de entre su pueblo” (Lv 20,18) ¿Por qué el segundo texto lo leemos y traducimos en su contexto, sin que nos implique en la actualidad y el primero, sin estudiar su contexto, lo sacamos de él y lo hacemos nuestro? El tabú de la sangre ha desaparecido (excepción hecha de los testigos de Jehová), pero no así el tabú del semen.
Veintiún siglos después, hay gente que no entiende o, simplemente, no quiere entender. La naturalidad con la que Jesús habla de la homosexualidad es asombrosa: ¡Hay gente que nace así! ¡Ni una palabra de condenación! Jesús se limita a constatar una realidad. Él mismo, se hizo eunuco por el Reino. El escándalo en aquella época, no era tanto ser homosexual, lo punible era ser varón y no tener descendencia. Reiteramos que el placer del sexo era admitido siempre que tuviera como fin la procreación. Hasta tal punto, que leemos en el Deuteronomio: “El que tenga los testículos mutilados o el pene cortado no será admitido en la asamblea del Señor” (Dt 23,2). El hombre que no podía procrear, no tenía derecho a pertenecer al pueblo elegido ¿Si este proceder también ha sido olvidado, qué oculto temor sigue prevaleciendo con la “otra sexualidad”? Cierto, que en la época de Jesús, los hijos salvaban al padre, por tanto, quien no pudiera tener hijos, no merecía salvarse. La necesidad de tener descendencia había promulgado esta ley para sobrevivir, equiparando al homosexual con el eunuco, y con aquel que tuviera un impedimento para procrear, pero no por su sexualidad, sino por su negación a la paternidad, por su esterilidad; esta equiparación, incluso en el vocablo, se seguía dando en la sociedad romana de la época evangélica. Desde esta perspectiva naturalista, se entiende la maldición del Deuteronomio a quien no podía, y/o no quería procrear, pero, ¡tanto si era heterosexual como homosexual! La petición de Zacarías cuando entra en el Templo, es clamar por un hijo, pues no había mayor vergüenza para un judío, más si era sacerdote, que ser castigado sin tener descendencia: “No tenían hijos porque Isabel era estéril…No temas Zacarías porque tu petición ha sido escuchada; Isabel tu mujer, te dará a luz un hijo” (Lc 1, 7,13).
Antes de llegar a esta época de Jesús, el pueblo con estas y otras leyes, va formándose y creciendo. La refundación de las éticas van adaptando las leyes a los cambios sociales. Por ello, en la época del profeta Isaías, el pueblo cambia la opinión que tenía acerca del varón que no procreaba (¡hace aprox. 26 siglos!), y lo que había sido hasta entonces una maldición por el hecho de no tener descendencia, se convierte en bendición. Esta bendición, que seguidamente trascribimos, ¿por qué ha quedado en el olvido?: “Porque así habla el Señor: A los eunucos que observen mis sábados, que elijan lo que a mí me agrada y se mantengan firmes en mi alianza, yo les daré en mi Casa y dentro de mis muros un monumento y un nombre más valioso que los hijos y las hijas; les daré un nombre perpetuo que no se borrará” (Is 56,4-5). ¡Se les promete seguir viviendo, a pesar de no tener hijos! ¿Cómo es posible que Isaías hablará así de la sodomía si había sido castigada por Yahvé? (Gn 19). A este respecto, conviene aclarar que el pecado de Sodoma, a juzgar por la exégesis actual, nada tiene que ver con la homosexualidad, pues lo que allí se castigó fue la falta de hospitalidad. Al menos, así creemos que lo entendió Jesús y la comunidad judía, cuando el evangelista Mateo, recuerda que “Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella, sacudiendo el polvo de vuestros pies. En verdad os digo: el día del Juicio habrá menos rigor para Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad» (Mt, 10,14s).
El apóstol Felipe, tras la resurrección de Jesús, debió comprender el proceder del profeta Isaías y el de Cristo, cuando con él, la Iglesia de las primeras comunidades, comenzó a bautizar a los no judíos y en primer lugar, precisamente, ¡a un importante homosexual!: “Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros…regresaba leyendo…El Espíritu dijo a Felipe…bajaron ambos al agua…y lo bautizó” (Hch 8,26-39). Este representante de la otra sexualidad al que hace referencia el libro de los Hechos de los Apóstoles, era el máximo responsable de los tesoros de la reina.
En este pasaje del libro de Hechos de los Apóstoles, podemos observar el cruce de dos culturas completamente distintas. Las comunidades cristianas en expansión se fueron adaptando a las costumbres y creencias de otros pueblos. En este caso se observa el cruce de la cultura judía y patriarcal, con la cultura etíope y matriarcal. No deja de ser sintomático el siguiente hecho: en la sociedad matriarcal vemos a un homosexual con uno de los cargos más importantes del reino; no en vano, las mujeres a través de la historia, siempre han sido y son, más comprensivas con el colectivo gay.
Cuando las primeras comunidades cristianas aceptan la orden del Espíritu Santo dada a Felipe, y bautizan al eunuco, están preparadas para bautizar a uno de sus más encarnizados enemigos: Pablo de Tarso (Hch 9,19-22). Curiosamente, Lucas relata primero el bautismo del eunuco y después el de Pablo. Posiblemente, no podemos obviar este hecho, a la hora de comprender la confesión que hace Pablo cuando afirma que: en Cristo no hay hombre ni mujer (Gal 3,28). Esta revelación, hasta el día de hoy, sigue siendo difícil de digerir. Pero las primeras comunidades, la hicieron suya desde el primer momento ¿Por qué? Entre otras razones, porque el texto que va leyendo el homosexual del libro de los Hechos, al que estamos aludiendo, es el de Isaías 53,7-8: “Fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca”. Este pasaje que nos recuerda Lucas, es lo suficientemente sugerente, para indicar que la sociedad judía, a pesar del criterio de Isaías, y del mensaje evangélico, seguían marginando la homosexualidad. El eunuco observa que en la sociedad patriarcal judía, él sería un marginado, como lo era la mujer, el niño, el pobre, el enfermo, el cojo, el ciego, etc.; y, por tanto, se ve identificado con el cordero llevado al matadero. Para los judíos, era así, pero para los cristianos, no debía ser así ¿Cómo expresar esta dura realidad? Con la pregunta que el propio homosexual hace: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (Hch 36-40). La pregunta ha recorrido la historia. El homosexual, por serlo, ha sido rechazado en casi todos los ámbitos de la sociedad, ¡más en el religioso! (aunque existan eminentes personajes de la historia, que han sido y son homosexuales, sin dejar de ser creyentes). Sin embargo, Felipe, como cristiano, no puede negarle, ni siquiera lo más sagrado: el bautismo. Lucas en su texto deja constancia que lo hace por imperativo del Espíritu Santo, es decir, en contra de la opinión pública. Con razón Jesús exclamó al referirse a este colectivo “Quien pueda entender que entienda” (Mt 19,12). Seguían y seguimos sin comprender la radicalidad del Evangelio.
Hemos de reconocer que la postura de la Iglesia, no siendo tan rígida como hace apenas unos años, sigue siendo inflexible a la hora de equiparar las relaciones heterosexuales con las homosexuales. El apóstol Felipe cede porque así se lo ordena el Espíritu Santo ¿Podemos aventurar en un futuro, mayor apertura para este colectivo, o, nuevamente, tendremos que esperar a que lo ordene el Espíritu Santo? ¿Si ha desaparecido la causa que generó animadversión en el pasado, qué impide a un creyente, en la actualidad, acoger al colectivo gay y a defender sus derechos, que como personas, son los nuestros?
El tabú del semen, como el de la sangre, perteneció a un paradigma naturalista, ahora vivimos en un paradigma personalista ¿Por qué ha desaparecido el tabú de la sangre, y sin embargo, seguimos manteniendo el del semen? Es más, desde algunos sectores religiosos, este tabú permanece tanto para homosexuales como para heterosexuales ¿Hasta cuándo?
En la próxima reflexión seguiremos razonando sobre este importante tema social que esperamos deje de ser tabú. (Muy interesante el anuncio de San Valentín que el Corte Inglés acaba de publicar), Finalmente, y como ya hemos mencionado, desearíamos que esta aportación sirviera como puente entre los extremos irreconciliables de los inmovilistas y de los progresistas.