Blue Flower

Comienza el año 2016. Todos nos deseamos felicidad. Y es bueno que así sea. Sin embargo, el cristiano no vive de deseos. En gran medida los deseos son utopías que no se cumplen. El Evangelio y en él, Cristo, nos revela la palabra clave que la tradición de la Iglesia ha convertido en virtud teologal: la esperanza. Vivimos unos momentos en el que muchos parecen haberla perdido. El ser humano no puede vivir sin esperanza. La necesitamos como el aire que respiramos. La esperanza no es utópica porque no parte del deseo. Parte de una experiencia de vida. Asimismo, y como ejemplo, podemos afirmar que la madre en gestación “no desea” el hijo que lleva en sus entrañas ¿Por qué? Porque ya lo tiene, lo siente, aunque no lo vea, late en su ser, por ello, aunque todavía no lo tiene en sus brazos, ¡lo espera! Así el cristiano, vive la experiencia del resucitado, no de una forma total, porque él tiene que participar con su propio ser y durante el año que comienza, de esta revelación-gestación, que si bien, no es plena (nada verdaderamente humano está hecho, todo se está haciendo), es real.
Confiamos y esperamos que el año que comienza sea feliz, es decir, bienaventurado. Y con Lucas en el libro de Hechos de los Apóstoles reconocemos que la vida es un don previo que los cristianos hacemos propio cuando con Cristo sabemos que “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35) (este dicho, que no aparece en ningún evangelio, es posiblemente uno de los que más nos acercan a la figura del Jesús de la historia). Por tanto, dichoso año 2016 para aquellos que esperan un nuevo cielo y una nueva tierra… porque trabajan para hacerlo plenitud en la humanidad (cada ser humano tiene su familia, sus amigos, su parroquia, su pueblo donde esa humanidad se hace objetiva cada día) y reconocen en su corazón, con Cristo y por Cristo que el comienzo de esta esperanza parte del don de la vida que previamente Dios nos regaló.