Blue Flower

Una breve historia de mi mente para los que no creen

El abuelo –tras un breve silencio dijo a su nieta- Cuando se llega a la tercera edad se recuerda el pasado, con la misma facilidad que se olvida el presente. No en vano, los pensamientos, con el paso del tiempo, van dejando una huella más profunda en el cerebro: a más tiempo, mejores recuerdos.

-Ella, cogiendo la mano del abuelo, preguntó- ¿Por eso recuerdas aquel momento? Posiblemente –respondió-

Y su ágil mente, aunque habitaba un cansado cerebro, recordó, una vez más, el momento al que se refería su pequeño ángel.

“Los dos jugaban como todos los días, ingrávidos, subían y bajaban recorriendo su hermoso mundo. Jamás tenían hambre ni sed, bastaba pensar en ello para que la energía necesaria recorriera todo su organismo. La belleza de aquel mundo ¿acaso había otro? Les bastaba y les sobraba. Sin embargo, especialmente él, se hacía en los último meses la misma pregunta ¿Habrá otro mundo? Su hermano siempre repetía lo mismo. ¡Imposible! Solo existe lo que se ve.

Pero aquel día, su cerebro repetía una y otra vez ¿Habrá otro mundo? Y a cada latido de su corazón una fuerza irresistible le iba empujando a través de un estrecho túnel que desembocaba hacia un desconocido lugar, a la vez que se iba alejando de su querido hermano”

Abuelo, abuelito, responde –gritaba la niña desesperadamente- El abuelo con gran esfuerzo, abrió los ojos, y vio junto a su nietecita, a todos los familiares más cercanos, que con el susto reflejado en su rostro, esperaban su respuesta ¿Dime pequeña? –respondió, al fin-

Abuelo, ha venido tu hermano desde Miami. El anciano, volvió la mirada hacia donde señalaba la pequeña, y allí estaba él, tan incrédulo con lo que estaba sucediendo, como el día en que vinieron al mundo.

¿Qué tal hermano? - dijo- Ya ves –contestó- esperando, como entonces, la salida. Y ahora fue él quien preguntó a su hermano -¿habrá otro mundo?

El anciano, postrado en la cama, oyó al médico que dirigiéndose a su hermano, le decía: ya no puede oírle. Escuchó los sollozos de la nieta, que seguía apretando aquella mano que ya no le pertenecía. Y como el día del nacimiento, pero sin gravidez alguna, fue llevado por una poderosa fuerza hacia un lugar tan indescriptible que no puede ser expresado con sonido alguno. Quiso responder a su propia pregunta, pero al igual que con aquel primer nacimiento, una fuerza irresistible le iba alejando, libre de toda materia hacia un nuevo renacer.

Y aunque con todas las fuerzas de su ser, gritaba: ¡Sí, hay otro mundo! ¡Hay otro mundo! Su hermano y todos los que estaban en la habitación del hospital, parecían no tener capacidad para escuchar su nuevo y silente lenguaje.