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Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”… Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?… (Mc 4, 35-41).

 

En aquel entonces, aquellas primeras comunidades se habían encerrado en sí mismas, temían salir de su entorno, el miedo hacía imposible la expansión del cristianismo; Cristo, tras la resurrección, no volvía y la naciente Iglesia se hundía en las aguas de la duda.

 

El evangelista, en el lenguaje propio de su época, avisa a sus comunidades ¿Cómo? Jesús, ante el envite de las olas, duerme plácidamente en la popa, que es, curiosamente, el lugar en el que habitualmente el oleaje es más impetuoso. Y para añadir la diferencia entre lo que está sucediendo (oleaje=miedo) y la escena del durmiente, Éste, se reclina sobre un cojín.

 

El lenguaje teológico es muy sugerente: frente a la comodidad y placidez de Jesús, el hundimiento de los pescadores. ¡Qué ironía! El carpintero duerme, mientras los pescadores, conocedores de las aguas, se asustan del oleaje.

 

En aquellos tiempos, que siempre son éstos, fácil es comprender lo que Marcos está queriendo decir: el único que está en vigilia es Jesús, los demás han vuelto a sus quehaceres y están dormidos ¿Por qué? Porque les falta creer, para poder despertar.

 

Este axioma no ocurre solo en nuestra sociedad religiosa, ocurre en toda creencia. La barca es símbolo de la Iglesia, pero no olvidemos que el texto añade: ”iban además otras barcas”. Otras creencias han llegado a la misma conclusión; Buda tuvo que salir de la placidez de su hogar, para experimentar, en la otra orilla, la miseria del mundo; Abraham salió de Ur para conquistar otros mundos; San Pablo, como buen cristiano, siempre estuvo en la otra orilla, asimilando y expandiendo su tradición a la luz de Cristo.

 

El ser humano necesita creer para crear, todo es posible gracias a la fuerza que llamamos Fe. Cuando no somos capaces que cambiar, que es la mejor forma de saber que no estamos creando, simplemente estamos dormidos.

 

Ir hacia la otra orilla siempre ha sido peligroso. Todos queremos nuestro confort y que no nos muevan. Lo desconocido produce angustia, no obstante si queremos ser humanos, es decir, creadores de nuestro futuro, siempre hemos de salir de la esfera de lo ya creado (cruzar a la otra orilla). Esto ha sido y seguirá siendo, incluido el ámbito de las religiones: el que se ha acomodado, es decir, el que ya no busca, ya no cree… ni en sí mismo.

 

“Despierta, tú que duermes” (Ef 5, 14). Nos recordará, asimismo, Pablo de Tarso. Esta llamada de atención es la misma que hoy nos propone la neuropsiquiatría y la moderna psicología cuando, como en la barca, creemos hundirnos. Todo está dicho bajo las estrellas, pero esa Palabra Cósmica, hay que traducirla conforme a los signos de los tiempos.

 

Hoy, al recordar este pasaje bíblico, no está de más preguntarnos ¿Sigo durmiendo o estoy en vela? ¿Me hunde el mundo que me rodea, o creo nuevas expectativas? ¿Espero que los demás me salven, o soy un salvador para los que me rodean? ¿Estoy dispuesto a descubrir cada día lo que puedo llegar a ser o…, como los discípulos, sigo durmiendo con la desagradable sensación de sentir que el agua me está llegando al cuello?

 

 

Gente de poca fe (Mt 17, 14-20).