Blue Flower

Pocas cosas hay en este mundo más emocionantes, que viajar a través de la mente. Viaje donde el espacio y el tiempo desaparecen y la materia es inexistente.

¿Por qué se ha perdido la consciencia de lo que nos hace humanos? Nadie puede vendernos un billete para realizar esta travesía. Las drogas son aperturas hacia lo desconocido pero sin billete de vuelta. Cuando el cerebro no está preparado, tarde o temprano, enloquece.

Nadie va a un gimnasio para modelar el cuerpo en diez sesiones. ¿Cómo pretender adueñarse de los millones de cédulas cerebrales que nos adentran en el arcano de la mente, a través de un alucinógeno? Aquél sólo consigue, en el mejor de los casos, agujetas; éste lo tiene peor: las agujetas cerebrales desconectan los neurotransmisores y al no producirse la sinapsis, las células mueren.

La mejor prueba de esta falta de comunicación es el Alzheimer. Cuando las neuronas se individualizan, mueren; somos seres sociables hasta en nuestros más pequeños componentes, necesitamos vivir en hermandad para ser humanos.

Quien viaja a través de la mente ha de tener previamente conectadas todas y cada una de sus neuronas, sólo entonces se las puede acallar a voluntad y adentrarse en el iniciático viaje que se asemeja a un sueño, pero estando despierto, en estado  de vigilia. ¡Vigilad! (Mc 13,33-37).

… Silencios sonoros, música callada, colores y sabores desconocidos, placidez en cada parte del organismo, luz, nuevo amanecer, consciencia a un nuevo despertar, claridad de ideas, orgasmos psíquicos, común unión con la creación, sinfonía y armonía con el universo, y todo ello, a un nivel de percepción indescriptible…

Pero lo más importante del viaje se produce cuando todos los sentidos se acallan y comienzan a flotar ante el despertar del viajante, y en esa nada de vibraciones, ¡todo!

Todo en la nada (El Tao). Cual momento primigenio del universo, donde el caos se convierte en orden (Gn 1).

Imposible ir más allá. Pero el más allá existe… Lo llamamos cielo, paraíso, edén… Dios. Nombres que pretenden contener en el tiempo, lo que “ya Era”, cuando el tiempo no había comenzado a ser.

Creo que Zacarías cuando entró en el Santuario de Yahvé “vio lo que ya Era” y teniendo el don de la palabra (era sacerdote), quedó mudo. Nada de lo dicho, tenía que ver con la experiencia recibida (Lc 1,5-25).

Así, desde siempre, las religiones tratan de explicar lo inexplicable. Hay que partir de la nueva humanidad que proclama el Evangelio para escuchar la respuesta  que desde siempre está oculta en el templo de nuestra consciencia. El viaje, siempre comienza ahí, ante un final por descubrir, por des-velar.

Quien niega esta realidad, se niega a sí mismo y como el ciego, al estar fuera del camino no podrá realizar viaje alguno. Hay que buscar la Verdad para poder ver y entrar en el camino al que hemos sido llamados (Mc 10, 46-52).

Shemá Israel.

La verdadera oración siempre ha sido y será: saber escuchar al otro, saber escuchase. Para ello es preciso dominar el pensamiento. Acallar lo que creemos ser, para descubrir lo que somos.  En ese preciso instante comienza el viaje.

¿Me acompañas?