Blue Flower

Estos días están llenos de lamentaciones al no poder celebrar, socialmente hablando, la Navidad. Hoy, en un programa de TV he oído una frase que sintetiza este disgusto generalizado: al presentarse un tertuliano dice a la audiencia: Feliz no Navidad.

Dado que no hay mayor mentira que una verdad a medias, bueno es, como dicen los grafólogos, poner los puntos sobre las íes y señalar la otra parte de la verdad que es de hecho, el origen de esta celebración.

El tiempo cuando no avanza, se enrosca en su eterno retorno.

Nada nuevo en la historia de la humanidad cuando no trasciende su devenir. La Navidad retorna para quien no la vive de instante en instante. La nueva humanidad está oculta en cada uno de nosotros, y no llega, sino se vive.

La experiencia de la Navidad es renacer a un mundo posible, siempre que trabajemos por él. Nacer de lo alto (Jn 1), es trascender lo bajo, y de todos es conocido donde se encuentra lo más bajo de los instintos, que por muy materiales y necesarios que sean, solo el ser humano puede dominarlos, al sentirse superior a ellos.

Y aclaro: dominar no es rechazar.

Quien llora por la “perdida” Navidad del día 25 de este año, no ha experimentado la nueva humanidad y el significado de aquel singular nacimiento ¿Por qué? Porque la singularidad que se revela desde Belén, trasciende cualquier día del año. De hecho, no es posible que en pleno invierno los pastores estuvieran a la intemperie, por tanto, según los datos del Evangelio, es plausible que el nacimiento sucediera en primavera.

Todo lo indicado pretende hacernos salir del eterno retorno. ¿No podemos celebrar la Noche Buena y Navidad, como es costumbre, este 24/25 de Diciembre? Qué importancia tiene para quien la vive siempre. Esperemos otros momentos más propicios, pues la esperanza es una de nuestras más excelsas virtudes.

Desde esta perspectiva, y solo desde ésta, es posible, parafraseando a San Agustín, decir: feliz COVID que hizo posible la esperada vacuna. (Oh feliz la culpa que mereció tal Redentor!).

No ensalzamos el dolor, pero únicamente puede sentir la placidez y el confort de su cuerpo, quien ha conocido el sufrimiento que provoca el dolor. Para vivir el desamor hay que haber amado.

Todo es según el color del cristal con que se mira. Para no confundirnos, miremos esta Navidad con los ojos de la mente, pues para ver el camino que hemos de recorrer hemos de permanecer despiertos. ¡Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos! (Ef 5, 14).

Ya vendrán momentos sociales para compartir el pan. Ahora, en esta Navidad, compartamos el amor que aflora a cada instante en la nueva humanidad que nació en Belén.

Al pan, pan, y al vino, vino.