Blue Flower

El fuego es ígneo, como la pasión. La pasión es caprichosa como la vida misma. Aquí es dolor, allí es gozo. La pasión conduce a la cruz, tanto como a la luz. Así el fuego.

La zarza ardía, el fuego no la consumía (Ex 3,2). El amor nunca se ha consumido, somos nosotros los que intentamos apurar su fuerza, desde aquella primigenia chispa  que alumbró a la humanidad.

Hoy como entonces, nos quedamos extasiados ante el misterio de su poder, ante el imán que nos atrae, ante el silencio que nos provoca. Todo alumbramiento es preludio de un nuevo nacimiento.

La ubicuidad de sus distintos y distantes significados queda patente en aquellas lenguas de fuego que se posaron sobre los apóstoles para la salvación de la humanidad (Hch 2). El amor tiene su propio y universal lenguaje, no necesita traducción alguna.

No obstante, el fuego puede ser camino infernal que convierte a Luzbel en Lucifer. Al fuego purificador, en consumidor de la basura y podredumbre de los estercoleros. El Valle del Hinom, era el basurero de Israel que sirvió a Jesús para explicar el destino del mal con la metáfora del fuego que no se consume (Mc 9, 42-50).

La zarza mosaica tampoco se consumía. Ardían por doquier; era el mejor remedio para evitar que las ovejas se enredasen. El milagro nunca ha estado en el fuego, sino en los ojos que lo contemplan.

Y ahora, al contemplar como arde nuestra piel de toro, ante la impotencia de los que desearíamos ver la cara bondadosa de este elemento primordial de la naturaleza, no podemos obviar, asimismo, su fuerza destructora.

Aquel mítico Luzbel, se ha encarnado en el Pedro de todos los tiempos, que ante Jesús, sigue siendo el adversario: “Apártate de mí, Satanás” (Mt 16,23). El mayor adversario de cada uno, es uno mismo.

¿Cómo hacer para que la antorcha que prende nuestros montes, nuestras casas, nuestras ilusiones, nuestro futuro, se transforme en el fuego sagrado del Olimpo  que ilumine nuestro camino?

¿Cómo hacer para que el pirómano que invoca con su locura a las llamas de Lucifer, invoque con su humanidad a la llama de Yahvé. La llama que enciende y recorre el amor del Cantar de los Cantares (8,6).

No más fuegos que caminen con la guadaña de la sin razón. Los locos al manicomio. No más negacionistas que pretenden incendiar nuestra convivencia. Usemos el fuego del talento evangélico para que la humanidad encuentre el amor que purifica y no el que abrase nuestra conciencia y nuestra libertad para hacer el bien.

No solo de coronavirus muere la humanidad…