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La historia es una sucesión de sucesos que suceden sucesivamente.

Ahora hemos descubierto la mascarada de ayer. Hoy, después de innumerables pruebas, resulta que es de vital importancia, llevar una mascarilla en todo tiempo y lugar y medir las distancias con el interlocutor.

Nosotros, que somos tan dados a vernos las caras y más que a la cercanía, al contacto…  Consecuencia: el rebrote.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta estas medidas higiénicas si queremos evitar el contagio y la muerte de miles de personas. Tantos siglos de evolución para, por fin, hallar el arma (a la espera de la vacuna), que puede evitar que el dominio de la pandemia se propague por doquier.

Permítanme un salto pindárico.

El calendario de occidente se mide con un antes y un después. En el “antes” de nuestra tradición tenemos el Antiguo Testamento y en el “después” el Nuevo Testamento. Nuestro tiempo se mide a partir de un hecho tan importante en la historia como fue el nacimiento de Jesús. Sea el lector creyente o no, éste es un hecho incuestionable.

La ética de este hombre dejó tal impronta en la humanidad, que comenzamos a contar nuestra historia a partir de su enseñanza.

Quizás el lector se pregunte qué tiene que ver la mascarilla, para evitar el contagio del coronavirus, con el paso por este mundo de la figura de Jesús. La relación existente entre ambos no parece tener conexión alguna.

Pero existe un invisible puente pindárico que las une.

Tras la resurrección de Jesús, efectivamente, cambió la historia: una nueva humanidad comenzó a  nacer. El ser humano era y es algo más que un animal inteligente, procede de una energía que nos hermana con todo lo creado. A esa energía le hemos puesto un nombre: Dios.

Esa energía, transformó la figura del Jesús de la historia, en el Cristo de la fe. Jesús se transformó en pura energía, que los creyentes llamaron Espíritu.

Y en el camino (como a los de Emaús), se produce el encuentro entre la mascarilla y Jesús. ¿Cómo?

En el acontecer de cada día: a partir de este momento cuando alguien estornudaba, los acompañantes pronunciaban al unísono la palabra “Jesús” ¿Por qué? Porque las fuerzas malignas y ocultas del que estornudaba, podían ser expulsadas de su interior, tratando de encontrar otro cuerpo en el que habitar.

Era entonces el momento en el que había que decir el nombre de Jesús, para que estas fuerzas malignas volvieran a introducirse en la persona que las había expulsado debido a la intensidad del espasmo.

Por aquel entonces, se creía que las enfermedades, eran ocasionadas por el demonio que se había introducido en el enfermo; los médicos eran más exorcistas que galenos.

Los nombres han cambiado, ahora ese demonio tiene un nombre: Virus; pero lo cierto es que las consecuencias siguen siendo las mismas. Virus aprovecha el estornudo para trata de alcanzar otro cuerpo. Al dejar de creer, nuestro cerebro no crea anticuerpos  (somos el producto de lo que hemos querido ser: Física Cuántica), y el nombre de Jesús ha perdido la fuerza de aquellos primitivos creyentes.

Antes: creer para ver. Ahora: ver para creer.

Vivimos el acontecer de la ciencia. Pero no olvidemos lo que decía el padre de la microbiología Luis Pasteur: Un poco de ciencia nos aparta de Dios; mucha, nos aproxima a Él.

Por fin la ciencia ha descubierto lo que la teología había experimentado muchos siglos atrás. Y donde unos ponían y siguen poniendo, el nombre de Jesús para que la enfermedad no se propague, otros ponen ahora las mascarillas.

Yo soy de los que, ante la duda, pongo ambos y rezo: el pan nuestro de cada día, con nuestro trabajo, dánosle hoy.

Con razón decía Robert Jastrow  (Fue director del Instituto Goddard para Investigación Espacial de la NASA): “Para el científico que ha vivido basando su fe en el poder de la razón, la historia acaba como un mal sueño. Él ha escalado las montañas de la ignorancia, y está a punto de conquistar la última cumbre, se estira para ganar la roca final… y al llegar a la cúspide es recibido por un grupo de teólogos que desde hace siglo están sentados allí.

Es lamentable que los ateos, para no pronunciar el nombre de “Jesús”, hayan cambiado esta palabra con otra que rime: “salud”. Esto sí que suena a mascarada: ¿salud, ante la enfermedad de la gripe, constipado, fiebre, virus…? Y para más inri, respondemos: gracias.

Pues eso, la historia es una sucesión de sucesos que…