Blue Flower

En estos momentos en el que la muerte está desvelada, duermo menos para evitar que me suceda lo mismo que les ocurrió a las novias necias del Evangelio. Ellas se quedaron sin aceite en las lamparillas y salieron a comprarlo ¡ingenuas!, no se pueden comprar fuera, la luz que llevamos dentro (Mt 25,1-13).  

El error y el engaño son primos hermanos, y la reina del trance último, al saber que tenemos prohibido el paseo, me puede invitar a acompañarla en su tétrico viaje ¿Acaso las jóvenes de la parábola de ayer, no son las que mueren en las residencias de hoy?

Para no cometer semejante error, estoy en vela; el insomnio, disfrazado de Musa, me obliga a teclear en el ordenador, tratando de hilvanar los pensamientos que alocadamente brotan del subconsciente de mi mente a estas horas de la madrugada.

Sí, me confieso ateo…ateo de todo lo que está sucediendo con el COVID 19. Ateo e ignorante. Tanto como los científicos, que son los que parecen tener cierta cordura al enjuiciar este caos. Opinan de lo que saben, callan de lo que no les compete.

Los demás, los opinadores del reino de los cuatro puntos cardinales  ¡Qué gente más lista! Saben de todo ¡Absolutamente de todo! Por favor, ¡Prudencia! (como las vírgenes de la parábola - Mt 25, 4-).

Pareciera que si no fuera por tanto imprudente, nada sabríamos de política,  ciencia, religión, cultura y en general, de todo lo que sucede en la sociedad. ¿Cómo es posible que el resto de los mortales seamos tan ignorantes? ¿Dónde habrán estudiado para saber tanto? ¿Por qué no aprenderán a opinar como los científicos: de lo suyo, y con cautela?

Tanta palabrería olvida el dogma oriental que reza: “cuando la palabra no sea más bella que el silencio, no la pronuncies”, sí, engendra malformaciones. Deformidades  que los millennials de nuestro universo conceptual denominan  fake news.

Ellos, los opinantes, nos dicen lo que hemos de hacer en todo tiempo y lugar… y nosotros les oímos y les creemos. Y a fuerza de creer, perdemos la cordura. Quién es más culpable, ¿el que paga al que miente o el que cobra por mentir? ”El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” (Jn 8, 7).

Todos padecemos cierta esquizofrenia ¿Cómo poder entender lo que está sucediendo? Los padres salen con sus hijos a ¿pasear? sin mascarilla, sin guantes, haciendo tertulias en los jardines, y en los parques, olvidándose del niño que deberían llevar de la mano.

No importa, nos dicen los medios, son pocos, menos del 1% Si es así ¿por qué las televisiones solo nos muestran una y otra vez las aglomeraciones captadas en Barcelona, Madrid, Valencia…?

Si somos tan bien mandados ¿porque nos señalan, una y otra vez a políticos haciendo deporte, trabajando y mostrándose en público aunque estén pasando la cuarentena por el coronavirus, comprando sin mascarillas en Supermercados? ¿Por qué cuando nos dicen que hay que llevar guantes, nos enseñan reiteradamente imágenes de manipuladores de alimentos sin guantes y con tiritas en los dedos?

Por qué….Por qué…Por qué somos el país del mundo con más muertos en relación con el número de habitantes…

Recuerdo aquella frase, “sea vuestro hablar  sí, sí; no, no; porque lo que es  más de esto, del mal procede” (Mt 5, 37). En cualquier caso, si la búsqueda de la verdad nos hace libres, queremos ejercer esta libertad y pedimos que busquen antes de hablar y que callen antes de encontrar.

Creo honestamente que todos nadan, nadamos, contra corriente y estamos tratando de salvar los muebles en este naufragio que estamos padeciendo.  Y dado que he mencionado la palabra creo, confieso que mi ateísmo hacia todo lo que está sucediendo, me hace creer más en Dios;  Ya lo decía Pasteur: “Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve a Él” Ese Dios que día a día me da fuerzas para soportar tanta contradicción que me quita el sueño, mucho más que el confinamiento.

Y hablando de contradicción, la locura que está por doquier, me ordena ir a la cama; necesito dormir unas horas, antes de que empiecen las telenoticias con sus estadísticas y opiniones matinales; no quiero y a la vez no puedo.

Pues eso.

Me gustaría ser psicólogo cuando lleguemos a lo que comienzan en llamar la “nueva normalidad”. Qué sutileza de lenguaje, qué expresión tan eminente, para traducir que el sí de hoy, va a ser el no, o el quizás de mañana.

Y el que tenga oídos para oír…