Blue Flower

Cuando un creyente, no importa su creencia, quiere opinar sobre la existencia o no del más allá, lo hace a través del conocimiento que tiene del más acá. Todo lo que no sea esto, es invención. Por esa razón, desde hace siglos, los cristianos somos los del camino, porque la meta, al ser infinita, se aleja según nos vamos acercando a ella. La resurrección, en cuanto meta, se intuye… según se busca, y se busca, según se vive. Lo demás…vanidad de vanidades.
Y hoy vivimos una experiencia única para expresar la resurrección que está llegando. Cada uno, desde su propia soledad, espera volver a vivir (aquí y ahora la esperanza se ha universalizado), pero no con la agonía de la muerte rondando a nuestro alrededor, sino tratando de vencer su afilada guadaña con la inteligencia y dones de ciertas privilegiadas mentes, que al común de los mortales solo nos queda admirar.
La unión de estas mentes es lo que en cristiano se llama hermandad. Poco importa lo que cree cada una de ellas por separado, lo importante es que sean capaces de comunicarse entre ellas, de creer que el antídoto a tanta muerte inocente, está esperando detrás del velo de la ignorancia. La novedad, cuando salva, siempre es Evangelio. Como el viacrucis del Papa Francisco contado a través de las vivencias de los presos encerrados en cárceles italianas.
Esa unión es lo que nos reveló Cristo al vencer la muerte: ¡Cristo! que siendo el mismo que Jesús, no es lo mismo. La unión de estas mentes es pura energía que no se ve, pero que está ahí tratando de salvarnos. Esa invisible musa que les une lo definimos como Espíritu. El logos hecho carne, nunca alcanzará la resurrección: ha de morir en la cumbre de cada personal Gólgota. Entre tanto, la resurrección siempre está llegando.
Todo lo humano puede ser trascendido, y al igual que el centurión romano ante la cruz confesó la singularidad de lo que estaba presenciando, ahora, viendo como mueren tantos hermanos, todos, aunque crean no sentir los lazos espirituales de la nueva humanidad, se dejan invadir por la energía de un amor que está recorriendo el mundo y que recuerda la infatigable tarea de aquellas primeras comunidades cristianas, libertando a sus contemporáneos de la esclavitud y opresión del virus de la tiranía.
Hay que creer que la vacuna llegará y la vida vencerá. Así, también, el creyente cree que la vida plena llegará y la muerte será vencida. Esa es la añorada resurrección que está llegando… desde el instante que nacemos. Resurrección que solo puede ser expresada partiendo de la particular experiencia de cada ser humano. Por ello cada evangelista la narra de forma distinta.
La Semana Santa que hemos vivido nos ha mostrado por primera vez, y de una forma objetiva, lo que en Galicia se llama “La Santa Compaña” o lo que hoy denominamos COVID 19.
Ambos muestran la procesión de la muerte, pero la invisible unión de estos científicos que creen y por eso crean, no se hará esperar: Y ante tanta muerte (con Cristo morimos todos), llegará la resurrección, ahora en forma de vacuna, mañana… ese mañana ha de ser expresado conforme a la creencia personal.
La palabra escrita expresa el sentir de quien la crea. Yo creo en un más allá, esculpido en un más acá, con el cincel de los que viven para hacer el bien (en hebreo amar). Cada ser humano, consciente o inconscientemente, y partiendo de su devenir, cree y crea su propio futuro. Los que no hemos llegado a la meta, pero estamos en el camino, intuimos un futuro impensable. Ese futuro es la resurrección que va más allá del medicamento o vacuna que todos estamos esperando. Pero si no creyéramos ahora en el antídoto a la muerte, difícilmente podríamos trascenderlo para soñar en la Trascendencia.
Existen muchas formas de estar muerto. Luchemos y trabajemos por salir de nuestros sepulcros. -La casa se me viene encima-, decían nuestros mayores y hoy repetimos cual insistente letanía. Nada se cae, si ante tal derrumbe nos levantamos y esperamos una vida mejor. En los oídos de los quieren escuchar, resuenan aquellas palabras de Jesús ante la tumba de Betania ¡Levántate Lázaro!
Tras el dolor de la cruz, siempre es posible encontrar el gozo de la resurrección que está llegando, si trabajamos para que el mundo mejore, aún en las peores circunstancias de la vida.