Blue Flower

La palabra cultura, etimológicamente hablando, viene del latín cultus (que a su vez significa ganado, campo), Nada extraño, pues hace miles de años el culto, es decir, quien tenía cultura, era quien sabía cómo trabajar el campo y cómo tratar al ganado. La universidad, por aquel entonces, era la vida misma… pero sin libros.
Asimismo, existe otra acepción para el sintagma culto, que pertenece al acerbo religioso ¿Por qué? Porque a través de la historia, cultura y religión siempre han ido de la mano, por mucho que ahora traten de demostrarnos lo contrario.
El culto religioso provenía de la cultura y a través de él, se trataba de trascender lo cotidiano. Nada más cotidiano en una cultura mediterránea, por ejemplo, que el pan y el vino. Pues bien, el culto recoge esta cultura y en ella, tratar de explicar al trascendente.
Pero… (la verdad siempre tiene un “pero”), si pretendes tener siempre la razón, no vas en busca de la verdad. La verdad, en el tiempo, siempre va más allá de lo que en cada momento expresa, de ahí su necesario cambio.
Y es aquí donde el culto (me refiero al religioso), si no expresa la cultura de su tiempo, queda sin cuerpo donde exteriorizar el alma. Así, el culto encerrado en su milenario saber, se vuelve “in-culto”, pues quedarse en lo aprendido sin trascenderlo, es dejar la capacidad humana sin creencia alguna. Y esto no es posible, pues tanto el religioso como el ateo, necesitan creer para cambiar y evolucionar en el devenir del tiempo.
Esto nos permite concluir que si un inculto está anclado en su cultura sin evolución alguna, el culto religioso precisa urgentemente expresar la actual cultura, si pretende tener arraigo en la sociedad a la que desea mostrar un camino, cuya meta trasciende todo lo imaginariamente posible.
Y el que tenga oídos para oír…