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Murphy, con su ley, llegó a la siguiente conclusión: si puede ocurrir, ocurrirá. Pero su teoría fue enmarcada en el pesimismo: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”
Esta ley debiera ser el mayor antídoto para los cristianos pesimistas. Y ello teniendo en cuenta que cristianismo y pesimismo se contradicen ¿Cómo puede ser un cristiano pesimista si se confiesa hijo de Dios y heredero de la máxima felicidad tanto aquí como en el más allá? Por sus obras los conoceréis… pues hemos de reconocer que a juzgar por la cara de muchos cristianos es difícil tal reconocimiento ¿Por qué, tanto al entrar como al salir de misa, parece que han, que hemos, acudido a un funeral?
Igual que es imposible soplar y absorber a la vez, es imposible ser cristiano y pesimista. Ahora bien, la realidad nos muestra todo lo contrario. Y es desde esta paradoja desde la que desearíamos hacer reflexionar al creyente pesimista, precisamente ahora en el momento en el que estamos viviendo tiempos difíciles en el suelo patrio. Si según la ley de Murphy aquello que puede ocurrir, ocurrirá. Pensemos en positivo. Hagamos que la ley funcione a nuestro favor ¿Cómo?
El cristiano pesimista, es decir, el de boquilla, el que, como dice Job, conoce a Dios sólo de oídas (42,5), pero no por vivencia personal, puede, asimismo, partiendo de su realidad, darle la vuelta a su pesimismo. Si la ley de Murphy, se da, y en la historia de la humanidad, a partir de Cristo, muchas personas han podido pensar, aunque no se lo hayan creído, que el relato evangélico es, o puede ser verdad; finalmente, esta utopía, se hará realidad en aquel que se la crea, de no ser así, la ley de Murphy tampoco sería auténtica.
Desde la primera página bíblica se nos pide creer, para crear. Y ahora no hablamos de utopías. La mente que cree en el mal, genera mal y no porque lo diga Murphy, sino porque ya estaba dicho hace miles de años. Apliquemos esta verdad a nuestra vida y vivamos para hacer el bien (Amor en hebreo) y nos sentiremos optimistas.
El mundo es, para cada cual, conforme cada uno lo ve. La vecina/o, por ejemplo, no es mala. Nosotros, quizás, veamos la maldad de la vecina y no su bondad ¿Por qué? Porque la maldad está en nuestra mente y la reflejamos en el otro/a. Jesús dirá que vemos la paja en el ojo ajeno, pero para ello es preciso tener metida la viga en el nuestro (Mt 7,4).
Es imposible reconocer la maldad si no la llevamos dentro. Igual ocurre con la bondad. Por tanto, y volviendo a Murphy, hagamos que nuestra mente vea el mundo de forma distinta y el mundo cambiará para nosotros. Jesús no vino a cambiar el mundo, vino a cambiar al ser humano… para que él cambie su mundo.
Desde esta visión de la relación humana, podemos entender que Jesús diga que es posible amar a los enemigos. De hecho, el otro/a nos odiará, pero nosotros le amaremos pues al desaparecer la viga que nos impedía ver, es decir, la ceguera, el prójimo pasará de ser nuestro enemigo, a un ser digno de compasión, si es que realmente vive para la maldad.
Como dice, en este caso, la ley de Campoamor: “Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” Comencemos a cambiar nuestra forma de pensar, dejemos atrás (crucifiquemos) lo que creemos ser y nos impide ver lo que realmente somos. Nuestra mente, como dice Jorge Volpi en su libro “Leer la mente”, no está hecha tanto para recordar, cuanto para prever el futuro, en cristiano, para generar esperanza. Despertando a esta realidad, es imposible ser pesimista a pesar de las vicisitudes que nos encontremos en nuestro devenir…y de lo que nos diga tanto Murphy como Campoamor. Eso sí, como nos avisa el Evangelio, hemos de estar vigilantes (Mc 14,33) porque es fácil caer nuevamente en la ensoñación de nuestra mente; y es desde esta ensoñación, desde la que los autores citados tienen razón.
Generemos pensamientos positivos y seguro que, aun a pesar de los problemas, y de la zozobra que estamos atravesando, nos irá mejor.