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Si recuerda el lector, en la Biblia la cifra cuarenta representa el tiempo de vida que permanecemos en este mundo. Jesús, como todo ser humano, estuvo su tiempo (“cuarenta”) en el desierto de su soledad; quien se descubre en este desierto, en esta constante intimidad del yo, sale en busca del otro. Así en la Biblia, Jesús, tras su desierto, comenzó a predicar.
Ahora el Papa nos ha mandado un mensaje para nuestro tiempo, para la cuarentena de nuestra vida. Reflexionemos sobre los tres puntos que destaca Francisco en su mensaje cuaresmal.
“Si un miembro sufre, todos sufren con él” Esta realidad no es nueva, aunque los seguidores de la nueva psicología y los amantes de la madre naturaleza, parecen haberlo descubierto en estos días. Cuando Pablo escribió la primera carta a los de Corinto les dijo que: “si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él” (12,26). La Iglesia, como unión de todas las personas de buena voluntad, ha vivido esta experiencia desde hace más de veinte siglos.
El segundo punto que destaca Francisco, lo hace a través de una pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”. Y al igual que Jesús cuando habla del prójimo y se refiere al buen samaritano, y no al sacerdote ni al levita, por muy religiosos que fueran, ahora el Papa recuerda el pasaje del pobre Lázaro porque él también es Iglesia. Nadie queda fuera de la comunidad humana, aunque a veces no hayamos comprendido la universalidad a la que pertenecemos y de la cual, precisamente la Iglesia, con su catolicismo, es símbolo.
El tercer punto que resalta el Papa es la necesidad que todo creyente tiene de fortalecer su corazón con la oración, la caridad y la compasión hacia el prójimo, toda vez que “el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión…”
Jesús quiso que descubriéramos a Dios en el prójimo y Francisco recuerda una y otra vez que la fragilidad del hermano es la propia, pues todos somos interdependientes y nuestra salvación siempre ha de estar abierta a la salvación de nuestro entorno.
En estos días (que son los de siempre), hemos de vivir de forma especial con un corazón lleno de misericordia para llenar nuestro camino de amor hacia aquellos que más lo necesitan.
Que así sea durante los años de nuestra vida representados simbólicamente en el tiempo de la cuaresma, o del tiempo que va desde la apertura hacia la materia (miércoles de ceniza) hasta la apertura hacia el espíritu (domingo de resurrección). Todo un símbolo de ayer, de hoy y de siempre que el Papa recuerda porque la iglesia actual ha de volver hacia sus orígenes, es decir, hacia la atención de los más necesitados.